La promesa en política
El insulto y la promesa son los rostros de Jano de la política populista. Donald Trump fue generoso con ambos. Ése fue probablemente el secreto de su victoria. Pero la diatriba política nunca es espontánea y caprichosa: es un arma de guerra que se utiliza de manera premeditada y selectiva; permite elegir a los enemigos que nos convienen y permite trazar un muro infranqueable entre “ellos” (la elite corrupta) y “nosotros” (el pueblo).
La promesa es tan imprescindible como el insulto, pero mucho más peligrosa. Por una parte, es irrevocable o casi. No se puede deshacer una vez que esta ha sido solemnemente pronunciada y escuchada por millones de personas. No, sin un enorme costo político. La promesa impone obligaciones y deberes inexcusables.
Por otra parte, la promesa en política implica siempre un enorme riesgo porque su cumplimiento no depende enteramente de la voluntad del líder, sino de una compleja trama de instituciones políticas, cívicas y privadas (poderes fácticos) que constituyen la condición de posibilidad de la acción política. Asimismo, depende de escenarios futuros que ningún poder puede domesticar. Terry Eagleton lo destacó con particular agudeza: “Las personas están diciendo ahora que ése es una especie de nuevo fascismo y mi respuesta a eso es: ‘todavía no’. Si Trump llega al poder, será algo distinto”.
Ya llegó al poder. El problema es ahora si el presidente podrá cumplir con las promesas que hizo el candidato. En mi opinión, el populismo (tanto el de derecha como el de izquierda) es agresivo y radical cuando está en una fase ascenso político y electoral, se nutre del antagonismo y promete la fundación de un nuevo orden. Una vez en el poder puede o no mantener un discurso beligerante, pero las políticas y medidas que ejecuta se adaptan rápidamente al campo de lo posible, a la política sin ilusiones. La revolución (conservadora) puede esperar.
Trump ya ha matizado su posición sobre las deportaciones de inmigrantes ilegales (propone ahora resultados realistas) y sobre la construcción del Muro (finalmente, éste no será completamente necesario, la valla ya existente puede hacer el mismo oficio). Estos matices en las palabras son señales de que las promesas pueden, por lo menos, ser precisadas. Tampoco será fácil “desengancharse” de la globalización (el “Brexit multiplicado por tres”) puesto que involucraría desconocer tratados de libre comercio (Asia Pacífico y el Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea), decisiones que podrían provocar un colapso de las exportaciones de Estados Unidos y poner en riesgo al actual sistema capitalista.
Según Hannah Arendt la promesa es el “remedio” que nos permite reducir la incertidumbre del presente y la imprevisibilidad del futuro. Prometemos para conjurar la amenaza de acontecimientos que nos exceden y para crear –casi de manera mágica un vínculo entre el presente y el futuro. En “tiempos de oscuridad” la promesa se vuelva más solemne y más ambiciosa. Así, el ocaso del poderío norteamericano y la aguda percepción de decadencia social entre la población blanca y pobre, han sido conjurados eficazmente con una gigantesca promesa: “restituir la grandeza de América”. ¿Será esto posible con un golpe de dados?
El autor es sociólogo.
Columnas de JORGE KOMADINA RIMASSA
















