Seamos negativos
Uno de los signos que define nuestra época es el exceso de positividad. Ésta es una de las ideas fuertes que plantea el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han: la sociedad contemporánea nos obliga a ser felices y, en consecuencia, nos provee de una infinidad de técnicas terapéuticas para lograrlo: dietas, cadenas de oración, sahumerios, sabidurías orientales, filosofías de última hora, arte y magia, meditación, retiro del mundo; en fin, todo vale para ser feliz, positivo.
La expresión política de esa positividad es el conformismo, el consentimiento, la aceptación acrítica y resignada de un sistema. El sometimiento de los individuos a un orden político, su sujeción, ya no está asegurado, como en otras épocas, por la violencia física o por las disciplinas descritas por Michael Foucault (la escuela o el servicio militar, por ejemplo): hoy, la cohesión social está garantizada por la interiorización de energías positivas. Cuestionar un régimen político es despilfarrar esas energías, lo mejor es adaptarse y sonreír todo el tiempo. Es preciso vencer todas las dificultades. El discurso político, los medios de comunicación y las redes han instalado ese mensaje que está cargado de una enorme violencia simbólica pues estigmatiza a los infelices, a los fracasados y a los rebeldes.
Nuestro régimen político y social, el llamado “proceso de cambio”, también ha producido sus omnicontentos (la palabra es de Nietzsche). Cualquier crítica dirigida contra el Gobierno los indigna y los mortifica; la única crítica aceptable es la laudatoria, el halago del jefe, la palabra gelatinosa como un molusco sin caparazón, el café descafeinado. Su perplejidad es inmensa cuando se topan con gentes que no se sienten felices y agradecidos con el gran líder.
Byung-Chul Han dice en La Sociedad del Cansancio que la positividad neutraliza las emociones o las empequeñece porque las confina al ámbito privado. La rabia, por ejemplo, es una emoción fundamentalmente política por su capacidad de cuestionar el presente, las instituciones y los actos de la clase dirigente. Sin rabia no podría haber manifiestos, protestas, revueltas, primaveras y revoluciones. La rabia es intempestiva y nihilista: niega todo, su énfasis incontrolable lo abarca todo, nunca se detiene en el umbral. Pero la rabia —dice nuestro autor— no sólo es negativa: es una “facultad capaz de interrumpir un estado y posibilitar que comience uno nuevo”. Aún más: la ausencia de “negatividad” conduce a la impotencia y convierte el pensamiento en un mero ejercicio de cálculo; es decir, en una pequeña computadora.
En esta época de conformidad y de repetición de lo mismo, oscura, recuperar las emociones colectivas negativas y, por ende, movilizadoras es desde ya reaprender nuestras capacidades de pensar y actuar políticamente. Y todo pasa por decir No, una y otra vez. Esa palabra que contiene en sí misma todo un programa político.
El autor es sociólogo
Columnas de JORGE KOMADINA RIMASSA




















