Burocracia y espíritu navideño
El fin de semana de la anterior semana fue muy desagradable. Tener un contingente de más de 5.000 personas, muchas de ellas con mucho poder, y muy pocos valores, gritando consignas anticonstitucionales no puede dejar impávido a nadie. Escuchar a los gobernantes de tu país estar dispuestos a cambiar las leyes o a doblarlas simplemente para quedarse como dueños del mismo, hace pensar en la alternativa de la migración, de abandonar la patria.
No por eso, sino porque había perdido mi pasaporte, decidí el lunes en la mañana armarme de valor e ir a las oficinas de Migración en la calle Camacho e iniciar el que ya suponía un largo trámite. Una cosa es renovar ese documento, que ahora se hace en un tris tras, otra es reponerlo.
Era ya media mañana cuando entré a las oficinas y me dirigí al punto de Información, allí un uniformado de la policía escuchó mi requerimiento, me dio un ticket y me dijo: --Vaya a la ventanilla 16, allí le van a gritar. Fui obediente, y me preparé anímicamente a ser reprimido por el hecho de haber perdido el importante documento. Resultó que no era un punto de amonestaciones, y lo que gritaban era el número de atención, había cuatro personas antes que yo, y así tuve la oportunidad de observar la escena burocrática. Y ahí viene mi cuento.
La funcionaria a cargo estaba atendiendo a un tipo un tanto prepotente, que insistía en tener una información de una tercera persona. Sin tener un poder del interesado, llegó a decir ese atroz “¡Ud. no sabe quién soy yo!” La funcionaria, firme pero cortés, no perdió su tono amable mientras explicaba la situación. Me impresionó y evidentemente me generó simpatía hacía ella. Como el impertinente insistía, ella atendió a la siguiente persona y lo despachó en un segundo porque su consulta era fácil de resolver. Luego le tocó el turno a un ciudadano peruano. Ha debido ser aimara, el hombre quería averiguar sobre los requisitos para obtener la nacionalidad boliviana, y ella le explicó con una sonrisa en los labios, con amabilidad y con calidez, lo que debía hacer. Quedé prendado. ¡Si así fueran todos los funcionarios de migración del mundo! Era un hombre modesto, y quién sabe cuántos desprecios y maltratos habrá acumulado en su país y en el nuestro, pero está joven funcionaria hizo la diferencia.
Luego le tocó el turno a un extranjero, un hombre grande y blancón de algún lugar de Europa, de cabello castaño muy graso, de ojotas y sin pedicure. No, no era el doble de Brad Pitt, y vi los esfuerzos de la joven funcionaria. Le pedía a un colega menos predispuesto a la gentileza, apresurar ese trámite. “Es que ellos no viven en La Paz, y están pagando alojamiento”, explicó, “hay que tratar de sacar ese papel lo antes posible”.
Finalmente, cuando me tocó mi turno, no me gritó, aunque yo hubiera recibido con gusto una reprimenda, más bien empática me explicó que el trámite es muy engorroso, y me dio la lista de lo que debía hacer y me facilitó una fotocopia de un registro que se necesita para iniciar ese tedioso y extendido periplo.
No crea estimado lector que todo es una maravilla en el servicio de migraciones, hay enormes falencias y hay malos tratos y absurdos. El puesto de control de migración en Desaguadero es un terrible ejemplo, pero es precisamente por eso que el encontrarse con una persona como Mildred Martínez --así se llama la persona que ha logrado reconfirmar, no sólo la confianza en mis compatriotas, sino en el género humano-- que uno puede considerar esta situación como un gran regalo de Navidad.
El autor es operador de turismo.
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ






















