Los ecos lejanos de una guerrilla
Ñancahuazú es de los años sesenta; sólo duró alrededor de ocho meses. La más antigua abdicó en favor de la paz en Colombia, después de luchar medio siglo con el ejército y la policía. Ambas tuvieron el mismo origen y el mismo propósito. La iniciativa, el impulso y el apoyo salieron de Cuba. La intención fue implantar el comunismo en otros países, pero el “foquismo” castrista no pudo salir de la isla. Otros llaman a esa aventura fracasada “revolución”. El capitalismo al que combatieron sigue vigente en todos los mercados del mundo, incluyendo al de la China de hoy.
A modo de esperar, rememoraba esos sucesos con un amigo. El reloj ya marcaba 19 y 30 y el homenaje a Tania tenía que empezar a las 19. No importa el acto que sea –me decía mi amigo– lo que precede siempre es la “hora boliviana”; nada empieza sin cumplir con esa crónica y rutinaria costumbre. ¿Tú recuerdas algo de la guerrillera?, me preguntó después. Sí, cómo no. Murió acribillada junto a sus compañeros al cruzar el Río Grande por el Vado del Yeso. Fue una cruel emboscada de aniquilamiento. Los guerrilleros no sabían ni de dónde les estaban disparando. Un campesino, Honorato Rojas, los traicionó. Después de acordar algunos detalles con los militares, les condujo al matadero. Basado en esa acción escribió don Adolfo Cáceres Romero un cuento premiado por la UTO (1967), que titula “La emboscada”.
Se ha escrito mucho sobre la guerrilla. Hay dos versiones: la de los que condenan la incursión extranjera y la de los que la apoyan con fanática adhesión. La visión global fue distorsionada o aún no se ha precisado. Por ejemplo, la guerrilla se desgastó más huyendo del ejército que combatiendo; fue aniquilada más por la traición que por cualquier otra contingencia. El desertor Chingolo les llevó a los militares hasta los depósitos donde los guerrilleros guardaban sus pertrechos logísticos y documentos reservados; después se desató la cacería de brujas en los centros urbanos. Un gran titular de la prensa de entonces decía: “Un canillita hirió de muerte a la guerrilla”. Ese fue Hugo Choque Silva, el Chingolo.
En el video se exhibió una serie de entrevistas y fotografías de Tania; duró media hora. Los autores dicen que la investigación les demandó treinta años. Es más de tipo biográfico de Haydée Tamara Bunke (nombre real de Tania) que de su actuación en la guerrilla. No reveló ninguna información nueva ni logró trasuntar la huella dramática de la confrontación; fue sólo una semblanza apartada del contexto. Tal vez la intención fue sólo eso y no la de presentar a Tania en su perfil trágico de guerrillera. El libro de 200 páginas que se vendió a precio oneroso, tiene un contenido similar.
El salón estaba lleno al tope. Mi amigo comentó irónico al salir: “Tan pequeño local para tanta gente, y mucho prólogo para una reseña tan escueta”.
El autor es escritor, miembro del PEN Bolivia.
Columnas de DEMETRIO REYNOLDS