Jano boliviano
Jano (Iānus), dios latino bifronte, abre y cierra las puertas. Deidad siniestra pero también propicia, sus rostros —uno joven y otro viejo— representan el pasado y el futuro, el inicio y el final, la paz y la guerra. El cambio y la transición son sus atributos. Enero (Ianuarius: janero) deriva de él porque, al iniciar otro año, cierra una puerta y abre otra. Jano obliga a evaluar el pasado para (trans)formar el futuro.
Señalo un retroceso. La construcción de la democracia ha retrocedido a los años 70 y principios de los 80 cuando el pueblo boliviano luchaba por los derechos humanos, la libertad de expresión y el retorno a la democracia. Los malos de entonces eran militares que lindaron en lo delincuencial y abusaron del cinismo: no tenían honor. Traficaron con la política (y la cocaína) para enriquecerse “potenciando” al pueblo; a ese mismo pueblo al que aconsejaban caminar “con el testamento bajo el brazo”; algunos intentaron instaurar una “democracia inédita” para atornillarse al poder: “si el pueblo me lo pide…” era el argumento mental y moralmente débil de esos “malos bolivianos” (frase de su preferencia).
A inicios de 2018 el reto es similar. Los malos de hoy —hay que denunciarlos ante el mundo— son dos y cuarenta “hermanos” (palabra favorita de mafiosos) respaldados por ciegos que no quieren oír. Los mafiosos no importan. El uno es un mestizo que se disfraza de “indio” sin hablar ningún idioma originario. Su cinismo, inagotable como su ambición, sólo es comparable a su ego que no cabe en su propio museo. Y, su “derecho” fundamental, según su escasa formación intelectual, es eternizarse en el poder pisoteando la voluntad del pueblo (21F de 2015). El otro es un bachiller disfrazado de académico cuya petulancia es tan pesada como su biblioteca de 50.000 ejemplares y su (hu)evo de latón. No digo nada nuevo al escribir esto. Mario Vargas Llosa, muchas veces, nos previno sobre esos sujetos. Pagamos nuestros pecados. Fuimos nosotros los que elegimos a esa “yunta” y toleramos su sinvergüenzura hasta la estupidez, creyendo que su llegada, y permanencia en el poder, eran singulares y diferentes —sociológica y simbólicamente— de otros procesos políticos del pasado.
Nos equivocamos. Nos engañó la impostura y la hipocresía del aparato (MAS)ista. Triunfó, como dicen ellos del referéndum, la “mentira”, no una sino varias veces. Elegimos símbolos no ideas. Máscaras no valores. Aceptamos un “proceso de cambio” que profundizó la dominación clientelar de un “nuevo” estado que dizque iba a gobernar “obedeciendo” al pueblo. Toleramos la destrucción de nuestras pocas y débiles instituciones. Estamos, ahora, ante una puerta que se abre a una dictadura “inédita” donde las armas son reemplazadas por el voto “comunitario” y el sometimiento de la justicia a los caprichos del “hermano” mayor.
Cualquier dictadura es indeseable por varias razones. Borges las resume así: “(…) las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez (…)”. La última frase es certera. No he leído ninguna crítica de los intelectuales asalariados del MAS sobre la grosera decisión de su jefe de buscar, “sin querer queriendo”, su reelección indefinida.
La democracia es demasiado valiosa para permitir que el (MAS)ismo la prostituya. Costó sangre e innumerables sacrificios a Bolivia. Su defensa, no hay que olvidarlo, fue iniciada por mujeres que ya son leyenda. ¿Se acuerdan de esas mineras que hace 40 años —entre la navidad y el Año Nuevo— iniciaron una huelga de hambre solicitando la libertad de los presos políticos, el retorno de los exiliados y la vigencia de las libertades políticas y sindicales?
Peor que una dictadura de (MAS)as es un país sin justicia ni respeto por sus propias leyes. El peligro principal que enfrentamos es una crisis ética. La democracia no va a solucionarla, pero su defensa puede generar confianza en el sistema político y empezar, otra vez, a recuperar y reforzar comportamientos éticos (públicos y privados) que poco a poco ha ido destruyendo el (des)gobierno de los cocaleros del Chapare.
Mas no todo es sombra a inicios de 2018. El despertar ciudadano, de los jóvenes en especial, abre una puerta de esperanza para los días que vendrán. Jano es neutro. Yo no lo soy. Yo tengo una cara. Jano tiene dos rostros. Uno mira el pasado: cuando los bolivianos, por encima de diferencias ideológicas, reconquistamos la democracia secuestrada por militares deshonestos. El otro rostro contempla el futuro: ¿qué ves Jano boliviano?
El autor es economista y filósofo
“El poder no corrompe a los hombres; los tontos, sin embargo, si acceden a una posición de poder, corrompen al poder”
George Bernard Shaw
Columnas de GUSTAVO V. GARCÍA


















