Adonais
“Lloro por Adonais— él está muerto.
Llorad por él aunque el ardiente llanto
no deshaga la nieve que le cubre”.
Así inicia, en 1821, Percy Bysshe Shelley su elegía para John Keats. El título es una combinación del griego “Adonis” (semidios de la fertilidad) y del hebreo “Adonai” (Señor). No he leído otro poema tan conmovedor sobre la muerte de una persona. Es, para mí, la respuesta literaria al cuadro Lamentación sobre Cristo muerto (1304–1306) de Giotto di Bondone donde la naturaleza, los seres humanos y las criaturas celestiales lloran el deceso del dios–hombre. Shelley, empero, ofrece un consuelo a sus lectores. Urge a los dolientes a contener su llanto porque Keats, al ser tocado por la dea obscura, se ha convertido en una parte de lo eterno y está libre de las miserias mundanas. En un verso insuperable Shelley explica que Keats no está muerto: son los vivos los que viven muertos. El poeta ha ido donde “la envidia y la calumnia y el odio y el dolor” no pueden alcanzarlo. No, no es el paraíso. Es algo mejor: Keats vive en todos nosotros “hecho uno con la naturaleza”. No conozco consuelo más bello ni efectivo que el que proporciona la magia de esta elegía.
La releo de vez en cuando —no sé por qué—. Acaso porque quiero conjurar con sus encantamientos la proximidad de la negra perra que pone sus huevos donde quiere o; quizá, porque su lectura es una manera de prepararme para enfrentar lo inevitable de cualquier día: el fallecimiento de algún ser querido. Pero toda muerte, no obstante el consuelo de la literatura, nos empobrece porque nos deja cada vez más solos. Hoy quiero comentar la de un niño boliviano.
Por las redes sociales —no me explico por qué las leo—, he visto una foto de Franclin Gutiérrez, preso político del régimen masista. No estaba en la cárcel sino en su natal Tajma, Yungas. No lo esperaban la alegría del retorno al hogar y a sus seres queridos. Llegaba convocado por el entierro de su hijito de dos años. El niño —según sus familiares— murió de tristeza por no ver a su papá. La foto de Franclin, abrazando el cadáver de su niño, además de sobrecogedora, es una muda denuncia sobre la injusticia en Bolivia. A mí me causó, más que indignación, tristeza por él y sus verdugos.
No tengo el gusto de conocer a Franclin Gutiérrez. Sólo quise escribir algo por solidaridad de padre. Mentiría si dijera que comprendo su dolor: no sufrí la muerte de un hijo. Es más, al contrario de Shelley, postulo que no hay palabras… Apenas puedo ofrecerle mis oraciones por su pequeño hijo.
Los que leen la prensa saben quienes son los culpables intelectuales de la muerte de ese niño boliviano. No los señalo. No quiero mancillar la memoria del hijo de Franclin Gutiérrez estampando nombres que pertenecen a la infamia. Baste la hipótesis de que tal vez no tengan hijos…
Empecé con unos versos y es justo que la tristeza de esta nota se cierre con otros. También provienen de Adonais pero no son de Shelley:
“Pasó algún dios efebo”, el bosque dijo;
Y lejos un espectro moribundo:
“¡Era un niño adorable y era mi hijo!”
Los acuñó Franz Tamayo, “Preludio” de Scopas. La dedicatoria del libro, traducida del latín, dice: «A los Manes de R. G. T. G., hijo amadísimo y amantísimo, su padre atormentado por el dolor, F. T.» Aeternum Vale hijo amadísimo de Franclin Gutiérrez.
El autor es economista y filósofo
Columnas de GUSTAVO V. GARCÍA

















