Roberto Valdivieso
El cardenal John Henry Newman, el mejor prosista en lengua inglesa –el juicio es de James Joyce que podría reclamar ese título –, estima que cualquier vida se resume en pocas líneas. Las de personas que marcaron una época no son diferentes. Su influencia, empero, es incalculable. Tal es el caso de Roberto Valdivieso: decencia, erudición y sabiduría.
Oí hablar de él a mediados de 1978, cuando ingresé a la facultad de Ciencias Económicas y Sociología de la Universidad Mayor de San Simón. No fui su alumno. El golpe del dictador Luis García Meza (1980) lo expulsó de la UMSS. Ayer, igual que hoy, vivimos tiempos de infamia y de infames. El rector de entonces, Jorge Trigo, fue suplantado por un militar de caballería y prestigiosos docentes por los improvisados de la logia de siempre. Destaco una excepción: Tomás Mann. Yo esperaba pasar clases de Macroeconomía II con Valdivieso y me tocó Mann. Ruptura y continuidad. Tradición y cambio. La excelencia se mantuvo.
Tomás Mann regresaba de Rutgers University con una maestría en economía. Sus clases eran inusuales por su calidad académica. Al finalizar el semestre más arduo de mi breve paso por San Simón (siete semestres), Mann me propuso que fuera su asistente de docencia. No pudo ser. Una revuelta de estudiantes, efectiva como un golpe de Estado, lo obligó a abandonar la universidad. El pánico de la masa estudiantil era comprensible: solo cinco de más de cien alumnos aprobaron ese curso de Macroeconomía II. Recuerdo a César Soto, Jaime Galarza, Marcia Flores y alguien más.
Con la recuperación de la democracia Roberto Valdivieso volvió a su cátedra y, poco después, fue elegido decano de la facultad. No sé cómo se enteró de mi existencia. Una mañana, camino a clases, “Gustavo” —me abordó sin ambages— “me gustaría que fueras mi ayudante en Macroeconomía II”. En mi asombro atiné a preguntar por qué me pedía eso si nunca fui su alumno y no me conocía. Le bastaron 15 minutos para una lección de generosidad y honestidad intelectual, raras en cualquier parte. Respondió que yo fui alumno de Tomás Mann. Y que Mann fue el mejor estudiante que él tuvo. Mostró su tristeza por lo que había pasado. “Tomás Mann”, dijo sin falsa modestia, “es mejor que yo”. Fuera de con mi padre, nunca antes experimenté esa mezcla de sorpresa, admiración y gratitud ante un hombre inteligente y generoso. Me hizo sentir, en ese charco de mediocridad, el deseo de ser mejor: alguien como él.
En 1986, gracias a Roberto Valdivieso y a la complicidad de Jorge Rocha, el rector Jorge Trigo me nombró profesor de Estadística y probabilidad matemática, en la Facultad de Ciencias y Tecnología. Ejercí la docencia por un semestre y medio antes de marcharme, con una beca Fulbright, a Pennsylvania. Esa época compartí muchas charlas, algunas en quechua, con don Roberto. Mis recuerdos son numerosos. Elijo el siguiente.
Hablando de trivialidades, deslicé mi preferencia por el ajedrez frente al fútbol. En ese tiempo creía que los argumentos eran cuestiones de autoridad. Cité a Borges: “el fútbol es un deporte para imbéciles”. Su respuesta, todavía pienso en ella, no admite réplica: “Sí, pero para imbéciles que pueden ver”.
Amable hasta en el debate, Roberto Valdivieso no elevaba su voz suave. Aprendió de Nietzsche: “Las palabras más quedas son las que desatan la tempestad. Pensamientos que vienen con suavidad de paloma son los que gobiernan el mundo”. ¿Fútbol o ajedrez? Ahora prefiero la literatura. La magia que me permite saludarlo en el tiempo de la distancia. Tal vez mis recuerdos sean arbitrarios, pero ¿qué es la memoria, sino un sueño del olvido?
Mañana, al concluir “los días que royendo están los años” (Góngora) y cuando todos los muertos sean buenos y todo sea borrado y olvidado, las palabras serán un sueño no soñado. Innecesarias. Por eso escribo estas líneas para seguir conversando con usted entre los pilares de la vieja Facultad de Economía. Lo hago con gratitud, como el último de sus asistentes de docencia en Macroeconomía II. Nunca más acepté otra ayudantía. Ni siquiera, en la universidad de Nueva York (Albany), de Manuel Álvar López, el inmortal director de la Real Academia Española. Fue suficiente haber sido ayudante del Maestro de mi Maestro.
“Honrarás al sabio” está escrito en la Torá. Ése es mi propósito y también la lluvia del poeta: “no hay que soñar” me decía. ¿Recuerda? Le ofrezco lo que puedo y debo; y usted, al aceptarlo, me enriquece.
Concluyo con una esperanza acaso laberíntica, no absurda en filosofía. Si la doctrina del eterno retorno, refutada por Agustín de Hipona en Civitas Dei, es cierta; continuaremos nuestras charlas en Cochabamba, la “Rosa del Ande” que tanto amamos. “El resto”, en labios de Hamlet –sé que comparte el culto a Shakespeare–, “es silencio”. Vale.
El autor es economista y filósofo
Columnas de GUSTAVO V. GARCÍA

















