Carlos Mesa, de cerca
Tras 18 años de dictadura, el 10 de octubre de 1982, Hernán Siles Zuazo es posesionado como Presidente Constitucional de Bolivia. Esa fecha marca un hito histórico profundamente reivindicativo, humano y político en un país sitiado y herido de muerte por la dictadura que no tuvo piedad para gobernar con las botas apretadas y los fusiles calientes.
1964-1982, significa un tránsito de vida en blanco y negro, una época perdida en la que los bolivianos casi nos acostumbraron a ser mandados y los dictadores a mandar y a matar.
En 1982 se ponía fin a una aterradora pesadilla, pero también se daba paso a una gran incertidumbre, desde luego, con una chispa de esperanza e ilusión: asumir con valentía un país completamente desarticulado que tenía que reeducarse y reconocerse a sí mismo en el espejo de su memoria histórica como una sola pieza, íntegra y vigorosa, recordando con nostalgia las mieles de la democracia.
El daño que le hizo la dictadura a Bolivia, a su sociedad, a sus instituciones, a su convivencia interhumana y su futuro fueron profundos y, en algunos casos, irreversibles. Dejó una huella negra, un vacío generacional sin desarrollo, frustrada y anquilosada. La muerte enterró a personalidades de gran valía y la vida se tornó escéptica y poco halagüeña. Toda dictadura, decía Octavio Paz, sea de un hombre o de un partido, desemboca en las dos formas predilectas de la esquizofrenia: el monólogo y el mausoleo.
Sin duda, desmontar toda esa corruptela significó sacrificio y entrega. Los ciudadanos enfrentamos con hidalguía los nuevos retos. Había, pues, un pacto colectivo para seguir creyendo, pese al descalabro, que la democracia no solo era un abuso de las estadísticas, sino que también traía buenos augurios de libertad, bienestar, diversidad de ideas y respeto por los propósitos de los otros. Recuperar la democracia en Bolivia costó sangre y sacrificios. Sirvió para comprender que ningún sujeto o sujetos trastornado(s) puede(n) decidir taxativamente en nombre de un pueblo.
A la luz de un nuevo tiempo histórico y democrático en Bolivia, surgieron personalidades y hechos que reivindicaron enormemente la palabra y la acción. Fueron protagonistas de un largo camino, que todavía no concluye, hacia la recomposición de un lenguaje libre y democrático sin temor a ser encarcelados o desaparecidos.
1983, es el año en que el programa de entrevistas, “De Cerca”, conducido por Carlos Mesa, inicia el debate político, social, económico y cultural en Bolivia, no solo en un plató de televisión, también, desde luego, en cada núcleo familiar, en círculos de amigos y en cada conciencia ciudadana. Se paladeaba, pues, las mieles perdidas de la libertad.
Los años 80 fueron históricos, guardan una dualidad paradójica: dolor, rebeldía, despertar y redescubrimiento.
Inteligente, audaz y apasionado, Carlos Mesa se posicionaba como un pensador crítico y firme.
Mientras se diseccionaba la democracia de cerca, la “nueva democracia” que nos tocaba vivir, de lejos, las botas militares se convertían en el lúgubre Gulag a la boliviana. Los fusiles se enfriaban y la dictadura pasaba al cuarto oscuro y tenebroso de la historia oficial.
Eran tiempos de controversia política. “De Cerca”, ponía las cartas sobre la mesa y ensayaba una nueva dinámica sin cortapisas. Quedó para la historia ese debate, “entre gitanos”: idea a idea, estocada a estocada, entre Carlos Mesa y el entonces ministro de Informaciones, Mario Rueda Peña. Había, pues, nuevos aires de crítica y discusión hacia una sociedad abierta. Carlos Mesa atisbaba la reflexión sobre la historia que nos tocaba vivir e invitaba a conquistar nuevos derroteros, proponiendo, a través de la tolerancia y el disenso un exorcismo cultural, político y social.
Ese primer hito histórico en la figura de Mesa, marca, sin duda, un aporte sustancial que ayudó a crear conciencia democrática y crítica en la opinión pública. Como comunicador y periodista, el autor de “Presidentes de Bolivia: Entre Urnas y Fusiles”, abría un escueto camino hacia la defensa de las libertades y la palabra. La ética se transmitía en directo y quedaba su sello en cada entrevista, en cada pregunta carente de concesiones, en cada trabajo periodístico, en el cine, actividades académicas, libros publicados, videos, programas históricos, premios y condecoraciones.
El segundo hito en la figura de Mesa como hombre teórico y reflexivo, más que pragmático y de fuerza, parte de un punto de inflexión, la política como medio para adorar o crucificar, entre tanto, está la máxima de Jorge Luis Borges: “La idea de mandar y ser obedecido corresponde más a la mente de un niño que a la de un hombre.”
La historia hizo que Carlos Mesa entrara en la cancha de lo impredecible, de esa interacción innata del hombre con su entorno social. La reflexión aristotélica del homo políticus que utiliza su capacidad de relacionarse y crear polis en pos de vivir en comunidad y armonía, hizo posible que Carlos Mesa apechugara la historia como un referente poderoso que juzga los propósitos y las acciones, aunque sabía, especulo, que en medio estaba el significado crudo de esa dicotomía tan endiablada: ética-política son dos términos brutalmente contradictorios.
Del 17 de octubre de 2003 al 9 de junio de 2005, la historia de Bolivia vuelve a escribir sus páginas más esperanzadoras. Carlos Mesa asumía la presidencia de Bolivia con la voluntad, la ética y la transparencia en una mano y la incertidumbre y los fantasmas de la soledad y la conspiración en la otra. Al final, su renuncia irrevocable a la presidencia no fue otra cosa que verse carente de apoyo político en el Congreso y el temor implícito a fracturar, social y políticamente, a una Bolivia que balbuceaba democracia y estabilidad.
El tercer hito histórico de Carlos Mesa está, como un eterno retorno de lo idéntico, en presente progresivo. Al 21-F como karma y sombra del excelentísimo señor presidente de Bolivia, Evo Morales Ayma, se sumó, desde hace mucho, otro de carne y huesos. Carlos Mesa se presenta como una contraposición natural, transparente y diáfana al mal del políticus corruptus. Esa subespecie inversamente proporcional al Midas, que todo lo que toca lo pudre.
Poder y cerebro no siempre son compatibles. la falta del segundo engendra corruptos y autócratas y como un legado natural reproduce serviles sumisos. El primero, como decía Octavio Paz, es un instrumento político para la manipulación por encargo y con carácter obligatorio.
Si hace un par de años pensaba que el gobierno de Evo Morales era inamovible, ahora tengo la seguridad de que se sienten movimientos sísmicos y preocupantes al interior de sus estructuras. Idéntico al escorpión, Morales, se clava cada vez con mayor convicción su propio aguijón envenenado.
Tres sencillos aspectos pero profundamente determinantes para un Gobierno pueden cambiar el itinerario de viaje a vuelo rasante de Evo hacia 2019: Honestidad, ética y justicia, Evo Morales y su entorno no los tienen, Carlos D. Mesa Gisbert cuenta con mucho con esa trica de ases.
Mesa, a fuerza de los infiernos destapados en Quiborax y otras podredumbres, ha pasado de ser el gran problema, y aún lo será, de Evo, a la cara más visible y democrática de esa otra Bolivia mayoritaria que pide respeto al 21-F.
Una vez más, a Carlos Mesa, los destinos de la Nación se le presentan en forma de decisión y acción político-histórica.
Más allá del bien y del mal está el devenir de un país que aún balbucea su frágil democracia y que no desea jamás volver a oír el rugido de los “caimanes” nocturnos cazando y torturando ciudadanos.
La decisión del fiscal, ha dicho Carlos Mesa, confirma lo que vive Bolivia en términos de su democracia. "La criminalización de la política confirmada a través de este mecanismo que sustituye a la dictadura de botas y de charreteras, de tanques y de ametralladoras, por la persecución judicial, a título de investigación y a título de cargas de defensa del Estado".
Como bolivianos, no queremos seguir engordando políticos ineptos y corruptos, inescrupulosos y obsesionados con el poder eterno. El retorno a la democracia en Bolivia tras 18 años de dictadura, a costa de muerte y dolor, es y será la memoria histórica del nunca más...
¿Qué es lo mejor de la democracia? ¡Que cualquiera puede ser presidente¡ ¿Qué es lo peor de la democracia? ¡Que cualquiera puede ser presidente!
En medio está la defensa por la libertad y la democracia de un pueblo que hará lo imposible por luchar contra quienes pretendan ignorarla y violarla, sin duda, Mesa, ya ingresó desde hace mucho a esa trinchera y Evo y el MAS no perdonan eso.
“La neutralidad es imposible, somos indignos o indignados, y ya sabrá cada quien de qué lado quiere o puede estar”. (Eduardo Galeano)
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.

















