Peatones y bicicletas por la ciudad
Este domingo, empezando el mes de septiembre, revivimos una de las mejores tradiciones locales, una que se inició en el año 1999, con la intención de que los llajtamasis y aquellos provenientes de otras geografías puedan abrir un espacio paréntesis entre el caos cotidiano, sobre todo en las horas pico y además puedan ejercer el derecho a respirar un aire limpio, libre de los habituales, lastimosamente habituales, agentes tóxicos que envenenan la atmósfera provenientes del parque automotor, situación que nos ubica entre las ciudades más contaminadas de la región.
Me gustan los Días del peatón, son como viajar en la máquina del tiempo a una ciudad del pasado, esa ciudad que ya no es, ese espacio de la niñez, cuando la temperatura era templada, por lo general 27 grados, el aire estaba permanentemente impregnado del aroma de los molles y los jacarandás. Una ciudad donde nuestros pensamientos eran acompañados por el canto de canarios y horneros. Hasta recuerdo, cómo los cortapelos pasaban zumbando sobre nuestras cabezas infantiles y si la memoria no falla, rememoro cuando las madres y abuelas, en los espacios de descanso, salían a las puertas de las casas a tejer chompas para los nietos y los hijos. Mi barrio de la infancia, se ubicaba en la zona sur de la ciudad y éramos grupos de chicos que habíamos hecho de la colina de San Sebastián nuestro patio de juegos.
Es indudable que cambia, todo cambia, hasta la nostalgia. Sin embargo, en ese tiempo un Día del peatón no hubiera sido necesario, porque la vida prometía siempre sorpresas en cada esquina aun, y a pesar, que la espada de la incertidumbre balanceara sobre nuestras cabezas, claro, habíamos superado al último dictador que había gobernado el país, la democracia era nueva y este valle, pese a todo, era un plácido lugar para vivir. Luego como cambia, todo cambia, la ciudad fue mutando, transformando su rostro; endureciendo sus rasgos.
En este día donde volvemos a territorializar Cochabamba, es vital reflexionar sobre los que somos peatones. Importa cuando cruzamos la calle y el semáforo en rojo nos respalda, importamos cuando pasa un automóvil y expulsa humo negro justo a nuestras caras. El peatón le brinda a las ciudades una identidad vital, hace de las ciudades espacios de encuentro, de tránsito y no de atropello. También es importante destacar que este es un espacio donde cada vez aquel que maneja una bicicleta se ve orillado a irse a los parques, porque no existe ningún respeto a los que se movilizan en estos maravillosos artefactos que, por supuesto, no contaminan, y ejercen lo que se ha denominado como “una poética de la movilidad”. A no olvidar que al otro lado del mar, hay ciudades que promueven el uso de la bicicleta en los entornos urbanos como una forma de vida.
Tratemos que el día del peatón no se convierta en el día del “ensuciatón” masivo y disfrutemos, aunque sea por un día, de un fantasma, fantasma de una ciudad desaparecida, que en septiembre encuentra su lugar de aparición.
La autora es escritora
Columnas de CECILIA ROMERO




















