Ganamos todos
Él probablemente sea un octogenario. Cada día sale cargando una silla, una manta y una bolsa con migas de pan o con maíz machacado.
Ellas son sus compañeras eventuales. Son palomas atraídas por el olor y por el sonido que emiten los maíces al caer al suelo.
Lo observo al pasar y veo este ritual diario. Cada día, las palomas bajan de sus atalayas para picotear la ofrenda alimenticia del viejecito.
Gana él porque se distrae; porque no se dedica a contemplar el paso de la vida delante de sus narices, esperando su hora, ésa, la inevitable.
Ganan ellas porque no deben disputar comida con gatos o con otros animales.
Ganamos todos al contemplar un momento de paz, quietud y serenidad en medio de la vorágine, del caos citadino. Empezamos a comprender que más allá del fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya, la vida sigue con su propio ritmo y volumen.
Aunque a veces es un volumen muy alto que impide escuchar a nuestra conciencia y a nuestra ética.
El fallo nos ha proporcionado, aunque sea por un breve tiempo, una sensación de unidad y templanza, y hemos considerado que podíamos dejar de lado antagonismos para tener un único discurso.
Sin embargo, a raíz de este fallo, negativo para Bolivia, no hemos quedado eximidos frente a la propaganda política que surgirá y es allí donde hay que comprender que, al igual que el caballero y las palomas, tendríamos algo que ganar y que vaya más allá del cálculo político o comercial y es la paz del espíritu. Asimismo entender que el silencio atronador tiene muchas cosas que decirnos.
El ganador más grande de esta contienda jurídica ha sido el derecho internacional, que prevalece por encima de las naciones, y sigue siendo interestatal. Por lo tanto, como gran lección, no puede ser tratado como se trata al derecho interno, que por las muestras que surgen, casi a diario, se puede observar a jueces acusados por corrupción, destituidos o excluidos de cientos de casos, por mala praxis.
Este antes y después del fallo, implica repensar de modo autocrítico y dedicarnos a resolver nuestros asuntos, los propios y cotidianos, que piden una cabeza fría, para atender temas urgentes como la preservación del medio ambiente, la salud y educación de la población, así como la atención a los más necesitados y desprotegidos.
El planeta necesita de más momentos que nos proporcionen tranquilidad y ecuanimidad, no periodos de contubernios, complots y confabulaciones.
La autora es magíster en comunicación social y periodista.
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