Reflexiones sobre naturaleza y sociedad
Los seres humanos somos criaturas sumamente territoriales. Por supuesto, no sólo nosotros. Toda criatura viviente sobre la faz de esta tierra y especialmente aquellas gregarias y sociales, lo es. ¿Y cómo podría ser de otro modo en tanto seres compuestos de tiempo y materia? Incluso, la aparentemente orgiástica existencia bacteriana, vista a la luz del microscopio, claro, conlleva una lucha por el espacio. Las hormigas o las abejas, por ejemplo, agreden hasta matar –o morir en el intento– a cualquier intruso que ose, aunque involuntariamente, ingresar en lo que ellas consideran su exclusivo territorio.
En ese sentido, la crueldad en la defensa y/o usufructo del territorio tampoco es exclusiva de nuestra especie. ¿Acaso no resulta cuando menos perturbador ver cómo un arácnido captura y envuelve en seda a su víctima antes de inocularle su mortal veneno, mientras ésta, atormentada, pelea inútilmente por su vida?
Y no menos perturbadora adviene la observación de esa suerte de revancha de la naturaleza contra los arácnidos… Me refiero a esas especies de avispas que alimentan a sus crías exclusivamente de las arañas que previamente cazan con ese propósito, pero que no matan al momento de la captura, sino sólo paralizan inyectándoles toxinas con su aguijón para que las carnes de sus víctimas se mantengan frescas en el nido que construyen para sus crías, o “pupas” mejor dicho, mientras éstas, las pupas, se desarrollan hasta eclosionar hambrientas y directo a comerse vivo al magullado e infortunado arácnido paralizado.
No obstante, nosotros, los seres humanos (y todo como consecuencia exclusiva de nuestra cultura, es decir, ese conjunto de códigos, hábitos, conocimientos y visiones sobre el cosmos que utilizamos para interactuar entre nosotros y con el mundo externo, pero que no podemos transmitir a través de los genes, en fin, ese algo propio de las sociedades humanas), estamos liquidando al territorio en el cual existimos y del cual nos servimos y adquirimos nuestro sustento.
Sí, es cierto, los parásitos también actúan de la misma forma, es decir, destruyendo la vida del cuerpo del que adquieren su sustento, al mismo tiempo que usufructúan de él y se expanden sobre él, hasta quitarle totalmente la vida, y con ello, la fuente de la suya propia… Pero a diferencia de nosotros, los parásitos carecen de cultura y actúan exclusivamente movidos por la obra de los instintos programados en sus genes.
He ahí la gran paradoja de la vida: siendo nosotros seres dotados de conciencia cultural, capaces de amar, sentir compasión, de cambiarnos a nosotros mismos, de distinguir entre la dicha y el sufrimiento, propio y ajeno, de ser más felices a partir de la felicidad de nuestros prójimos ¿por qué actuamos entonces como parásitos, causando la extinción de toda la vida en el planeta tierra –y estamos a punto de lograrlo– y con ello, la nuestra y la de nuestra descendencia?, o en todo caso, un comportamiento humano no autodestructivo ¿es posible?
Como usted, amiga o amigo lector sospechará, no tengo las respuestas. Sin embargo, las siguientes reflexiones de Diógenes el Cínico, pueden ayudar. Diógenes veía en el apego a las cuestiones materiales la principal causa del sufrimiento e infelicidad de la existencia, tanto propia como ajena. Observando los abultados afanes y penalidades que implicaba preservar la riqueza, nunca bien habida, alejando la virtud a fuerza del deseo incontrolado, manifestaba: “la codicia es la madre de todos los males”.
El autor es economista.
llamadecristal@hotmail.com
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