“Los árboles perjudican”
Hace unos años, al pasar por una calle cercana a mi domicilio, observé con alarma que un par de hombres se disponían a derribar un frondoso árbol de paraíso, en la acera de un edificio que recién iba elevándose de sus cimientos y en el cual sabía que funcionaría un centro médico. Como conocía a uno de los socios de ese proyecto, lo busqué inmediatamente, para pedirle que evite la desaparición del árbol, recibiendo la siguiente respuesta:
- Hay que sacarlo, porque está en la entrada de garaje del edificio.
Sin poder contenerme ante tal argumento, le respondí:
- Realmente, qué idiota este árbol, que se le ocurrió brotar justo donde años después iban a diseñar la entrada a un garaje.
Más terrible aún ha sido lo sufrido el pasado viernes cuando, con impotencia, vimos caer los añosos árboles de eucalipto que enmarcan en casi una centena de metros el frente sud de la avenida Chapare, frente a la Hacienda Huayllani. Cuando reclamamos a los vecinos de por qué permitían semejante crimen ambiental, una de ellas, muy suelta de cuerpo y con el aquiescente silencio de los otros vecinos, exclamó:
- Es que, los árboles perjudican. Van a ensanchar la avenida.
- Pero, son unos hermosos eucaliptos, que dan sombra, podrían dejarlos al borde de la acera.
- No, porque no dejan hacer las conexiones de agua y gas.
- Se las podría hacer unos metros más allá.
- No, no siempre. Estos árboles perjudican.
Con desazón, pues los vecinos no se recataron en afirmar que contaban con la autorización de la alcaldía de Sacaba para derribar esos árboles, tuvimos que callarnos; no había argumento que valga. En el entender de los vecinos, el progreso que significa el ensanche de la avenida, es mil veces más importante que la preservación de las cada vez menos especies forestales que antes cubrían este avasallado valle.
Ateniéndonos a esos argumentos, no nos debe extrañar que, con la excusa del “progreso”, se cambie alegremente el uso de suelo, de área verde a “área de equipamiento” –para levantar, casi siempre, elefantes blancos, que nada de provecho dan a la comunidad–, que se encementen las aceras, que se construya sobre antiguos patios y jardines, en los que antes se erguían árboles frutales o arbustos y flores.
Los últimos días y antes de la nevada que cayó providencialmente sobre la cordillera, acompañada de bienhechora lluvia para la ciudad, como nunca antes, escuché la unánime queja de varios ciudadanos cochabambinos respecto a la pésima calidad del aire que respiramos, a la suciedad del ambiente y a su casi insoportable sequedad. “Bueno”, pensé para mis adentros, “este el precio que pagamos por la implacable deforestación que sufre nuestro entorno; pero, ¿quién hace algo para revertirlo? O, peor, ¿a quién realmente le importa la pérdida de espacios verdes y el derribo de perjudiciales árboles?”
El autor es un atribulado peatón cochabambino
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