...”Se me ha estido”
“Se me ha estido viditay, mi corazón se ha hecho chuño y mi alma se ha rotido diciendo p’átaj. Siento que mis pies ya están muertos porque se niegan a seguir andando entre las piedras y mis ojos se cierran por todo lo que estoy viendo mientras regreso a la casa”. Es solo un fragmento de la casi media hora de charla de un campesino con su esposa en el minibús que compartió conmigo.
Escuchar ese quechuañol tan bien expresado me recordó a mis abuelos quienes, también con cierta dificultad, intentaron hasta su muerte hablar cada vez menos su quechua de cuna.
Devolvió a mi memoria a nuestra querida Claudina, la joven que enseñó a mis hermanos menores sus primeras palabras, aunque después aprendieron que el fidio era en realidad fideo, o prisidente era presidente. El esfuerzo por superarse cada día no puede merecer menos que una valoración extrema de todos los que tuvimos escuela y universidad.
¿Cómo no se me va a estir el corazón, si el que lo dice, casi en mi oreja, trata de calmar a su mujer que está en casa esperando por él?.
“Mis piernas ya no andan, mis ojos se cierran”, también me rompió el alma. Hermanos contra hermanos, palos contra piedras, gritos, contra insultos. Odio, desprecio, rencor, humillación; racismo de uno y otro lado; ofensas y golpes y después, discursos contra todo lo anterior.
El pasaje me llevó a reflexionar en lo que el país vive el último mes. El hombre que hablaba por su celular era tan boliviano como yo, con los mismos derechos de crecer y vivir a su modo; con sus modismos tan arraigados, su forma de vestir, pantalones de bayeta y zapatillas puma. Con sus delicados diminutivos que son otro canto lleno de ternura andina.
El discurso político puesto de moda y que niega la discriminación en Bolivia es una falaz mentira que profundiza la acción explícita en las calles. Las diferencias han sido puestas en evidencia. Los rencores afloran y salen con toda su bronca después de una década de silencio reprimido. Los gritos y humillaciones son el reflejo de una negación a la nueva Bolivia.
Debemos aceptar que puede haber mineros con zapatillas Reebok, o campesinos con pantalones tipo vaquero y en su mano izquierda un celular última generación; y por el otro lado, también debemos aceptar que hay más personas con dinero que antes y gracias a su trabajo, pueden disfrutarlo a su modo. Que la nueva Bolivia es cada día más clase media y que nuestros hijos quieren subir en la escala social negándose dar pasos atrás.
Que los del oriente tienen las mismas historias ancestrales que los del occidente, que hay abuelos que hablaban en guaraní o quechua, o aymara.
Después del “se me ha estido” abrí los sentidos. El bus trazaba su huella en el camino de tierra y por las ventanas nos mostraba a la Bolivia en fuego cruzado mientras el campesino y yo, seguíamos en la ruta con un mismo destino.
El autor, es periodista
Columnas de OSVALDO RIOJA VÁSQUEZ
















