Lecciones de una sorpresa
Si Ud., el pasado 20 o 21 de octubre, hubiese sido abordado por un encuestador al servicio de cierta empresa de sondeo de opinión público sobre cuestiones políticas, con esta pregunta: según su criterio, ¿cuál es la probabilidad de que Evo Morales pierda el poder en Bolivia durante las próximas tres semanas?, ¿qué hubiese respondido?
Ante un entuerto de esa naturaleza, ¿cómo nos podría haber ayudado la ciencia social, o qué insumos, criterios u argumentos, nos podría haber proporcionado, apuntando a estimar la respuesta?, ¿a qué índices o indicadores sobre conflictividad política, desarrollo, u otros, hubiésemos recurrido? Por supuesto, siempre y cuando, hubiésemos creído que el esfuerzo necesario sería justificable. Al caso, una cuestión poco probable, porque seguramente a la mayoría de nosotros, en ese momento, la pregunta nos habría sonado ridícula, ociosa, o cuando menos, descabellada.
Viendo al drama ya consumado –la caída de Evo–, al parecer, los indicadores y estimaciones científicas, no habrían servido, o lo habrían hecho sólo para confundir. Analicemos. Evaluando la gobernabilidad de Evo el pasado 20 de octubre, con base en la contabilización de los bloqueos, marchas, enfrentamientos (con o sin saldos fatales), u otros conflictos políticos tangibles, todo parecía ir mejor que nunca, o al menos, en relación al pasado neoliberal.
¿Y tomando en cuenta la militancia en las redes sociales…? Bien, ¿cómo anticipar la transustanciación del mundo virtual en real que se avecinada? Salvo sus consecuencias perniciosas a la hora de ir al “cuarto oscuro”, el debate virtual, no parecían constituir una amenaza letal para la estabilidad del régimen.
Todavía más desconcertante habría sido estimar el futuro de Evo, observando los índices de pobreza o del desarrollo humano. Según mi conocimiento –limitado en la materia–, aunque aquellos datos reflejan que nuestra realidad socioeconómica sigue siendo desoladora, también evidencias sustanciales mejoras durante la era de Evo.
Resta considerar la utilidad de los indicadores inherentes a la eficacia y eficiencia del funcionamiento de los conductos regulares del sistema político, buscando advertir este tipo de crisis de Estado: transparencia, control social, participación en la toma de decisiones, cabal autonomía de los poderes del Estado, etc. Al respecto, ninguno era bueno, sin embargo, sus malos resultados inducidos desde arriba, tampoco parecía traducirse en conflictividad política.
Y hay más. Durante los enfrentamientos callejeros entre ciudadanos afines y contrarios a Evo, las nociones político-ideológicas, o en suma, cierto tipo de razón, se desvanecieron peligrosamente, cediendo su lugar a la irracionalidad racista, como mutuo aliciente para la lucha de ambos bandos ¿dónde anidó el odio?
¿Cómo pasar el “trago amargo” de la violencia subsecuente a los odios y prejuicios raciales que, generación tras generación, arrastramos en nuestras culturas mestizas e indígenas (siendo las últimas, en su histórica condición de opresión racial, las que han cargado el mayor peso de la violencia)?
Yo me sentiría en aprietos sí me pidiesen verter o elaborar una estrategia óptima para pasar el “trago el amargo”. De todos modos, la crisis evidenció: 1. la irreductibilidad del comportamiento humano a leyes infalibles e invariables en el tiempo y el espacio 2. La incorporación urgente del análisis cultural e histórico a la planificación de las políticas públicas como condición imprescindible para su éxito.
El autor es economista.
llamadecristal@hotmail.com
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