La foto que nunca tomé
Era muy temprano por la mañana, reinaban la calma, la quietud y un aire muy fresco que me acompañaban mientras esperaba al bus que me llevaría al trabajo.
La ciudad empezaba a latir lentamente, saliendo de su sopor, uno que otro pájaro trinaba, saludando al nuevo día. Estaba parada en un sitio ahora inexistente; y de pronto los vi. Eran tres, sentados detrás de un kiosco de madera de esos que ahora tampoco existen.
El kiosco estaba pintado por delante con los emblemáticos colores blanco y rojo de la tradicional Coca Cola y, por ende, allí se vendía además de la gaseosa, dulces, galletas y otros snacks. Por detrás estaba instalado un velorio; los elementos eran evidentes pues había un ataúd, una corona y ramos de flores, y allí estaban sentados tres dolientes velando a su ser querido. Cabezas agachadas, ropas negras y una profunda tristeza que los transportaba muy lejos sumiéndolos en quién sabe qué recuerdos.
Ese día tenía en mi cartera una de esas cámaras desechables que usaban rollo y que ya no se usan más. Pensé en tomar una foto, enfoqué al objetivo, enmarqué el momento, pero llegado el momento de disparar no hice la toma, tal como les ha sucedido, también, a algunos corresponsales de guerra y fotoperiodistas en frentes de batalla.
La guardé respetando el dolor ajeno. En ese momento llegó el bus, lo abordé y al sentarme me atrapó un gran arrepentimiento por no haber tomado la foto.
Me quedé con un sabor agridulce en la boca por no haberlo hecho. Agrio porque sabía que tal vez se trataba de una foto perfecta que retrataba una ruda realidad, y mi deber como periodista era mostrar ese tipo de hechos. Dulce porque no me entrometí en un momento íntimo de personas que sólo querían llorar y sumirse en su dolor.
Hoy, muchos años después, pienso en la precariedad del asunto. El velorio se hizo en vía pública expuesto a ojos curiosos, desnudando penas íntimas. Probablemente en este siglo XXI estaría por demás prohibido y hubieran trasladado al fallecido a una de las tantas salas de velorios que sí existen.
En ese entonces no había salas. El difunto se velaba en casa, y allí se lloraban los recuerdos, la alegrías, y los momentos más felices. Ello me lleva a pensar que ese kiosco era su casa y fue el único lugar que tuvieron para decirle adiós.
No olvidó ese aire frío, un sol que se abría paso entre las nubes, pocos autos en circulación, y allí parada con la cámara en la mano y la mirada fija en una escena que se ha tatuado para siempre en mi memoria. Fue la foto que nunca tomé.
La autora es magíster en comunicación empresarial y periodista
Twitter: @MonicaBriancon
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