El gigante, el enano y el coronavirus
En este país de fábula, había una vez un gigante y un enano. El grandote impresionaba a mi nietito en el parque infantil. El niño tal vez soñaba con los dos metros y cuarenta centímetros que alcanzó el gigante en un continuo crecer hasta su muerte. Cuenta un amigo que debe ser tuerto porque tiene un ojo vidrioso, que le forzaban a ser aporreado por boxeadores. Luego fue exhibido como rareza junto al enano Ayalita, de quien no obtuve mayores datos, pero que presumo se apellidaba Ayala, pero en diminutivo. Pobrecitos.
Entonces cundió un extraño bicho que infecta a ricos y pobres, a poderosos y a indigentes: el coronavirus. Hoy causa estragos en el país más rico del mundo, y otro que está entre los más pobres. Ambas naciones están entre las primeras 10 en estadísticas de la pandemia mundial en número de contagiados, hospitalizados y fallecidos en proporción a su población; para no hablar de su economía.
Como la historia se repite, hoy el gigante se llama Trumponita y el enano Amoralita. Ambos especímenes son derivados de la kriptonita que hacía un alfeñique de Superman. No pueden exhibirse en carpas circenses por la distancia social recomendada por el virus. El gigante, ególatra con aire de ídolo televisivo, no cubría su boquita de cereza y su naricita altanera con el barbijo recomendado “para no darle el gusto a los de la prensa”, decía, hasta que las encuestas de intención de voto le tenían en la zaga y tuvo que “quebrar la cola”; ahora pretendía engrupir que tenía la mascarilla en el bolsillo.
Su privilegiado país cayó en tal triste situación, debido a su afán de ganar su reelección. “Su incoherente liderazgo y polarización política”, dicen los expertos, unido a “la falta de inversión en la salud pública y la persistente desigualdad socioeconómica y racial” dejaron inerme a su gente frente a la infección y la muerte. Países europeos como Italia, España y Francia, sufrieron la Covid-19, como llamaron a la enfermedad, pero evitaron su agravación con medidas preventivas que redujeron contagios y decesos. La disciplina social impuesta por sus gobiernos muestra una realidad diferente en Asia. En Taiwán, llenan los estadios. Menos de un millar de muertes se dieron en Japón. En Corea del Sur los contagios son escasos. Vietnam no registra decesos por la pandemia.
Mientras tanto, “las tasas de mortalidad estadounidenses se parecen a las de países mucho más pobres, con menores ingresos, sin recursos de salud ni infraestructura tecnológica”, se lamentan. Apuntan al enorme error de apurarse en reabrir la economía mientras el coronavirus se diseminaba a trancos en EEUU. Bastaba que el aprendiz de yatiri emitiese, desde la Casa Blanca, un manual de recomendaciones sobre evitar el coronavirus, dijo el Gobernador de Nueva York, y la gente evitaría tanta desinformación, como otros países mejor liderados han hecho. En vez de las charlas con su pueblo, al rescoldo de la chimenea, del gran Presidente Roosevelt (Franklin Delano, no el que figura en estatuas del Monte Rushmore), el electoralismo de Trump insistió en su estrategia divisiva, al extremo de sugerir que no aceptaría resultados de votos en noviembre próximo, si es que pierde.
Salvadas las proporciones entre el gigante megalómano y el enano pequeñín, hay muchas coincidencias entre los dos países. La Covid-19 hace estragos en su gente. Están en vísperas eleccionarias. Ambas naciones están divididas. En nuestra Bolivia, el autócrata Amoralita gobernó a dedo casi 14 años. Malversó y malgastó ingresos de épocas de bonanza, en corruptelas, obras demagógicas mal ejecutadas, y prebendas politiqueras. Con una prensa quizá enfocada en “pepas” noticiosas, y lectoras de noticias o entrevistas a politiqueros, el nuevo Gobierno no desmanteló la armazón demagógica del anterior régimen. Con su estructura de prebendas intocada, tal vez rindiéndose a una democracia deformada en dos poderes del Estado y talegazos a los uniformados, el enano ejerce un poder político paralelo desde el exilio.
Para colmo de males, el Gobierno transitorio insiste en el espíritu de cuerpo de políticos angurrientos y corruptos. La Presidenta transitoria, montada en el “caballo del Corregidor”, se vuelve candidata. Igual que algún batallador convertido en político, con su caterva de adulones. La oposición política al régimen anterior sigue atomizada.
Hoy, la Covid-19 es tan mortal como una guerra. En el planeta, ya va más de medio millón de muertos. En el gran EEUU, pasan de 131.000 decesos, más que en sus últimas tres contiendas. En Bolivia, ya superan los 2.000. Ni siquiera se ha llegado al pico de la pandemia. Los politiqueros mandan, como alguna que lleva agua a su molino dudando del contagio de sus rivales. Quizá el cambio social necesario vendrá de afuera, como siempre.
El autor es antropólogo, win1943@gmail.com
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