Tierras baldías
Diciembre, mes de la mendicidad en Bolivia. Nos recuerda, de paso, eso que hace años ya viene escuchándose: que el campo va quedándose vacío. Los cientos de niños a los que sus padres traen a mendigar cada diciembre, sin duda que ya desde pequeños no querrán saber más de la vida agraria y sus rigores. Las luces de la ciudad los hechizarán, como a las mariposas, para quemarlos luego en la miseria de los suburbios.
Hace ya varios años leí estas cifras que se me quedaron grabadas: una señora, encargada de la atribulada institución Aldeas SOS, de el Alto, decía que ese momento, en Bolivia, había un millón de niños/adolescentes en situación de riesgo. Un millón. Ese número ya es demasiado. Por situación de riesgo, se entiende todo lo que puede pasar cuando se está a dos pasos de la explotación laboral, sexual, analfabetismo, situación de calle. Desde que leí ese dato, la cifra de un millón ya debe haber crecido. Y no parece que nada vaya a pararla.
En cuanto a esa masa rural mendicante, que normalmente trabaja la tierra y puebla los campos de Bolivia, por lo visto no hay ninguna o muy pocas familias a las que se les dé por quedarse a pasar la Navidad en su casa, allá donde vivan. Pero sólo decirlo ya suena hueco. Son simplemente otras realidades, en las que los mismos conceptos de casa o intimidad, o Navidad, no dicen nada. Por otra parte, no lo olvidemos, las sectas evangélicas, en búsqueda de almas y billetes, han arrasado ya con las comunidades, de manera que del catolicismo queda poco, si alguna vez lo hubo. Los últimos años, en efecto, el tráfico de almas ha conocido cotas alarmantes. Alarmantes en tanto que delatan el estado en que se hallan esas poblaciones: totalmente inermes –y no solo materialmente. De ahí tan proclives a seguir a cualquier flautista, político o religioso. Al mismo tiempo, las capillas o iglesias católicas se fueron quedando vacías.
Hace unos 10 años, justo un 24 de diciembre, viajé conduciendo desde Turco, a unas tres horas de Oruro, cerca de Chile (aún no había pavimento), hasta Cochabamba. Nunca había visto una cadena tan larga, de cientos de kilómetros, de campesinos mendigando en la carretera, a los dos lados. No es lo mismo verlos desde la flota que de un auto y en la misma víspera de Navidad. Era horrible. Casi todo el camino. Miles de campesinos paupérrimos, perros flacos y negros, niños vestidos para turistas, sombreros y sombreritos agitándose por todo el camino. Kilómetros de kilómetros de mendicidad. Quizá no de mendigos mismos, sino de gente desgraciada que espera, dada la fecha, conseguir que les tiren algo.
Esa tierra baldía en que se convierte el campo, con sus pueblos vacíos y abandonados, puede ser también una metáfora social. Una sociedad o un país con sus instituciones destruidas o en vías de serlo, es también como una tierra social baldía.
Para que se entienda bien qué puede ser una institución, en su mejor sentido, pongamos un ejemplo: la Britsh Library. La biblioteca pública británica fue creada en 1735. Desde entonces no dejó de crecer y mejorar, en la medida que quepa. Por supuesto ningún gobierno nunca se metió con ella ni quiso cambiar a sus directores de acuerdo a su grado de servilismo político.
Ahora mismo, el MAS no ceja en su destrucción de las instituciones. Se viene el fin institucional/racional de la Cancillería (ya en curso) y de los ministerios de Cultura, Educación, Deportes… No es poco, entonces, lo que está consiguiendo Arce, con Evo a sus espaldas, en materia de destrucción.
Y así se va este mal año en que pasamos por incendios provocados, fraude, pandemia, ciudades cercadas, crímenes contra ambulancias, afianzamiento del complejo coca/cocaína…
Para lo que falta todavía, para lo que viene, habrá que encomendarse. Quienes puedan, se encomendarán a Dios; bien por ellos. Lo que más me gusta del catolicismo, a propósito y a la hora de la verdad, es justamente lo que el protestantismo le reprocha, es decir su profusa imaginería, que por siempre abrió una veta extraordinaria a la pintura, y me gusta su apertura a politeísmos controlados, con sus vírgenes y santos, amo las catedrales y las antiguas capillas que se divisan por el altiplano, y me gusta la misma fecha de Navidad, con su narración incluida, por supuesto. Esas cuatro pequeñas biografías de Jesús que se encuentran en el Nuevo Testamento, cambiaron el mundo. ¿Se escucha todavía lo que dicen? No parece. No por ello, sin embargo, dejará uno de alegrarse estas fiestas y desear feliz Navidad y próspero año nuevo a todos.
El autor es escritor
Columnas de JUAN CRISTÓBAL MAC LEAN E.

















