Corona de espinas
Hay más de 9.000 fallecidos por coronavirus en Bolivia, y mi vecino, el superhombre, sigue sin usar barbijo. A pesar de los riesgos y advertencias, recibe con frecuencia a otros titanes como él –corte samurai, pipa electrónica y Crocs–, con quienes bebe Fernet y escucha a Maluma hasta la madrugada, sin enterarse de que, en esta segunda ola, están contagiados, internados o difuntos numerosos menores de 40 años. Que se preocupe por sus padres y abuelos es, por supuesto, pedir demasiado.
Para la señora del segundo piso, ferviente religiosa y provida, el rebrote trepidante, incontrolable del virus, no es motivo de alerta ni de mayor preocupación. Más angustiada la vi tras el retorno del MAS y de la huida de su héroe, el exministro 007. Baja las gradas del edificio hablando a gritos por el celular, con el barbijo bajo los labios, prácticamente de bufanda, muy chic, exponiendo a los vecinos a inhalar toda la pólvora que podría contener su exhalación.
Pero lo del hombrecillo de la esquina no tiene nombre. A pesar de que el camión basurero estuvo inactivo por más de dos semanas, el miserable no dejó de tirar su basura, día por medio, en una jardinera, coronando así un cuadro desgarrador: un molle solitario, rodeado de un anillo de cemento, con una maraña de cables eléctricos entre sus ramas, y con el tronco enterrado por una montaña de bolsas putrefactas. Menudo paisajista. Primero lo hacía de noche, en plan ninja, pero luego salía a medio día, desafiante, caminando lento para no resbalarse –usa sandalias con calcetines–, con una bolsa negra en cada mano, indiferente a los piropos que yo le gritaba desde mi balcón.
En el podio de esta competición delincuencial, está también el grupo de padres de familia dedicados a la extorsión gourmet, dispuestos a incendiar la urbe con tal de modificar el menú del desayuno escolar, y esas hordas bajo consigna que irónicamente se hacen llamar “autoconvocados”. Ni la fantasía más retorcida de esos retorcidos soñadores como Hitchcock, Cronenberg o Friedkin, tendría como plot (argumento) que, en una de las ciudades más contaminadas de Latinoamérica, en plena pandemia, un grupo de despiadados bloquee el botadero e inunde las calles de basura.
Paradójicamente, esos villanos tienen un poder inmenso en esta ciudad. ¿Cómo esperamos que las cosas cambien si los gobernantes emergen de esos grupos nocivos, o establecen un pacto con ellos a cambio de apoyo?
No es extraño que, salvo contadas excepciones, las planchas de concejales, además de postular a individuos patéticos que, en plan entrepreneur, pagan por su candidatura como si se tratara de un inmueble en preventa, estén también compuestas por bloqueadores, loteadores, contrabandistas y extorsionadores de todo tipo, que en las efemérides desfilan con traje, banda celeste y sonrisa amplia, pero que dedican toda su gestión a malversar el dinero de nuestros impuestos.
Es ese el panorama real en esta ciudad-basura, ciudad-coima, ciudad-atropello, donde una serie de delincuentes atentan día a día, desde distintos ángulos y con gran imaginación, contra la seguridad de los ciudadanos y que, en lugar de ser castigados con la cárcel, la horca o el paredón, pasean por las calles como sujetos respetables, impermeables a la ley, con quienes se debe negociar, encontrar puntos medios –¿esta propuesta le satisface, monsieur le bloqueador?–, tranzar, e incluso hacerlos partícipes de la administración de la ciudad.
Ahí está otra vez el tipo de la esquina, de ida a la tienda, escupiendo en la acera las cáscaras de su chuchusmuti con el ritmo de una ametralladora. Por previsión, ya no le grito desde mi balcón, no vaya a ser el próximo subalcalde de mi comuna.
El autor es arquitecto, Twitter: @lema_andrade
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