Nostalgia por el Carnaval
El Carnaval es mi fiesta preferida. Me agrada su espíritu transgresor ya que deviene de las bacanales de Grecia y las Saturnalias de Roma, festejos que celebraban la llegada de la primavera en el hemisferio norte, consagrando la abundancia de placeres y los desenfrenos del apareamiento.
Como es experticia de los cristianos, estas celebraciones pretendieron ser resignificadas por el catolicismo, ligando sus rituales a la Cuaresma. Por más que lo intentaron, ningún poder pechoño y represor consiguió frenar al Carnaval, por lo que en el mundo cristiano tuvieron que aceptar su tozuda supervivencia a través de –por lo menos– varios días seguidos de juerga y excesos que fungieran como suerte de equilibrio y compensación que antecediera a las cuarenta jornadas de ayuno, austeridad y penitencia que encarna la Cuaresma.
El Carnaval fue traído a América Latina por los católicos ibéricos, pero los increíbles matices de su contenido fueron consignados por la fuerza de trabajo que vio en el Carnaval un escape y desfogue temporal a sus fatigas y tristezas. Es decir, la variedad de pueblos indígenas colonizados, y los africanos traídos en calidad de esclavos, otorgaron la peculiar magia y color que tienen los carnavales en países como Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, México.
Al ser la fuerza de trabajo la abanderada del Carnaval, se refuerza la tradición de que en Carnaval todo está permitido, incluida la subversión del orden establecido. Por ello que el Carnaval da rienda suelta a la sátira política, al tiempo que los sectores sociales se mezclan en insolentes transgresiones de las odiosas desigualdades. Por unos días, el esclavo, siervo o trabajador/a se liberaba, escupía de frente la indignación de sus condiciones y salpicaba la insubordinación enfocando un mundo distinto en el que las jerarquías y el abuso de poder se desplomaban por la mofa y la irreverencia. De ahí que Chico Buarque recalcó en su samba Vai Passar y en plenos funestos tiempos de la dictadura brasileña:
“…Dormía nuestra patria, madre tan distraída/Sin percibir que era sustraída/En tenebrosas transacciones/Sus hijos erraban ciegos por el continente /Llevaban piedras hechos penitentes/Irguiendo extrañas catedrales/Y un día, finalmente, tuvieron el derecho a una alegría fugaz/Una jadeante epidemia que se llamaba Carnaval, el Carnaval, el Carnaval”.
No obstante, como en Carnaval se descubren las pasiones recónditas de los pueblos, acontece que también se trasluce en atributos colectivos poco gratos. En Bolivia, siendo que el país ostenta uno de los más altos indicadores de violencia sexista hacia las mujeres, en relación al número de habitantes, ¿debería extrañarnos que, a título de una costumbre carnavalera, mozalbetes ociosos y malentretenidos dieran rienda suelta a sus taras reprimidas, arrojando globos-piedras en senos y nalgas a las mujeres que transitaban por las calles?
De todas maneras, cómo extraño el Carnaval de acá, allá y acullá.
Recuerdo a Oruro, la majestuosidad de la diablada, la irreverencia de la morenada, la algarabía de los tinkus. Llega a mi mente el frío de la madrugada del Alba y un amanecer psicodélico al ensordecedor y risueño ritmo de todas las bandas tocando al unísono.
Vienen a mi memoria los juegos con agua del Carnaval cochabambino de antaño, donde retozábamos con ollas y chisguetes, donde en el calor de febrero era grato que recibas un baldazo de los vecinos para luego secarte a la sombra de molles, tipas y carnavalitos floridos.
Y rememoro las fiestas de extraños disfraces. Y las coplas en pueblos vallunos.
Y así voy, recordando, sola por calles vacías en pleno Carnaval. Presa de saudades y de mi barbijo. Esperando que la naturaleza me celebre el Carnaval con una lluvia.
Fucking pandemia.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA


















