El yelmo de Mambrino y la Constitución
El yelmo de Mambrino era un ficticio casco de oro que supuestamente pertenecía al rey moro Mambrino y al ponérselo lo hacía invulnerable. Se tiene noticias de él en Don Quijote la Mancha, cuando este personaje arremetió contra un pobre barbero que tenía puesta en la cabeza la bacía que utilizaba en sus diarios menesteres, pero que Don Quijote confundió con el famoso yelmo. El MAS ha utilizado la “Constitución Política del Estado Plurinacional” como una especie de yelmo de Mambrino, que lo tornaría invulnerable e invencible.
Según los masistas, no hay una Constitución como esa, es el non plus ultra del constitucionalismo, no hay nada más allá de semejante maravilla. Olvidan que el texto aprobado no es fruto de la Asamblea Constituyente, sino imposición inicial del MAS, consensuada luego en el Parlamento en 2008. Pero como la mentira es fiel compañera del masismo, se la muestra como la expresión genuina y veraz del pueblo boliviano.
Como toda obra humana, la Constitución vigente tiene fallas, lo que no supone negar que tenga también cosas buenas. Sin embargo, cuesta entender por qué es el propio MAS el primero en incumplirla. Así sucede, por ejemplo, con los trabajadores de base, obreros y técnicos de la Empresa Siderúrgica del Mutún (ESM), que el pasado 28 de marzo iniciaron una huelga general indefinida exigiendo mayor incremento salarial, luego de agotar las instancias de diálogo. Los huelguistas se quejan, entre otras cosas, de cobrar desde hace mucho tiempo el sueldo mínimo nacional y no ser atendidos en sus solicitudes de incremento salarial. La respuesta del Presidente de la ESM (un connotado masista, que fue presidente de YPFB y “embajador” en Venezuela) fue patética: “los trabajadores entraron sabiendo las condiciones del sueldo”.
Es decir, sabían que la empresa china Sinosteel Equipment, encargada de las obras, les pagaría sueldos bajos y vulneraría las normas laborales, y como lo sabían, ¡ahora deben aguantarse!
¿En qué quedan las disposiciones constitucionales de que “Toda persona tiene derecho al trabajo digno, con seguridad industrial, higiene y salud ocupacional, sin discriminación, y con remuneración o salario justo, equitativo y satisfactorio, que le asegure para sí y su familia una existencia digna”? ¿Dónde está la determinación constitucional de que “el Estado protegerá el ejercicio del trabajo en todas sus formas” y la prohibición de toda forma de trabajo forzoso u otro modo análogo de explotación que obligue a una persona a realizar labores sin su consentimiento y justa retribución? ¿Dónde se archivaron los principios del Derecho del Trabajo, constitucionalizados (pese a su deficiente redacción en algún caso) en el artículo 48 II? ¿Qué de la disposición en sentido de que las normas sociales y laborales son de cumplimiento obligatorio, de la irrenunciabilidad de los derechos de los trabajadores y la nulidad de cualquier convención contraria o que tienda a burlar sus efectos?
Tomaría bastante espacio hacer una relación de las normas de la Constitución en lo relativo al derecho al trabajo y al empleo que están siendo sistemáticamente vulneradas por un Gobierno que, en el discurso, es de los trabajadores, pero que en la práctica está al servicio de empleadores extranjeros explotadores como los chinos.
Y, ojo, el de la ESM no es el único caso. Podemos recordar, entre otros, lo sucedido en plena cuarentena rígida, en 2020, en un diario afín al MAS, que despidió a sus empleados por zoom, con presencia de notario de fe pública y aplicando la normativa civil. El cierre de Ecobol, hace algunos años, que vulneró la estabilidad laboral consagrada en la Constitución. Lo sucedido hace pocos meses con Aasana y su reemplazo por Naabol. “Del dicho al hecho hay mucho trecho”, dice un refrán popular muy puesto en práctica por el masismo.
Lo cierto es que, con su práctica, el MAS no sólo está confirmando que la Constitución Política del Estado no es ni por asomo el yelmo de Mambrino, ni siquiera la bacía del barbero de Don Quijote. Está convirtiendo a la norma suprema en un bacín en el cual acumula su desprecio por los derechos de los trabajadores y del pueblo boliviano.
Columnas de CARLOS DERPIC S.



















