La aparición del Estado y el poder mundial (I)
En el artículo de 13/05/2022 titulado “En torno al Defensor del Pueblo”, tangencialmente nos referimos al Estado, por lo que hace falta dedicarle unas cuantas líneas a este ente a fin de comprender la contradicción e inutilidad de la existencia del Defensor del Pueblo, al menos en los países tercermundistas. Referiremos apenas unos cuantos conceptos exiguos dentro del espacio de un artículo periodístico.
Durante millones de años, en las etapas del salvajismo y de la barbarie la vida era igualitaria, no se conocía el derecho, la policía, ni fuerzas armadas, las que se organizaban sólo en caso de guerra, que era excepcional, pero jamás era utilizada contra el pueblo. Los problemas internos, que innegablemente existían, eran resueltos públicamente por la reunión de comunidades; cuando más, existía un anciano que ofrecía consejos. Es obvio que con esta forma social de vida no existía ninguna necesidad de la existencia de un “defensor del pueblo”, era el mismo pueblo el que se autorregulaba.
Posteriormente, en los últimos estadios de dichas comunidades el modo de producción (formas existentes para la subsistencia) fue desarrollándose lentamente al igual que la división del trabajo (unos dedicados a cultivar la tierra y otros a domesticar a los animales) y poco a poco la riqueza fue concentrándose en unas cuantas manos; así fue dividiéndose la sociedad entre los poseedores de la propiedad privada y los desposeídos. Más allá, finalizando el último estadio de la barbarie e ingresando en la civilización se hizo necesaria la existencia de una fuerza protectora de dicha apropiación, fuerza que nació lentamente y que no era otra que el hoy llamado “Estado”.
Éste fue y es el rol del Estado, siempre arbitrario y compulsivo, que con el paso del tiempo se intentó utópicamente dulcificarlo con la trilogía “Libertad, igualdad y fraternidad” de la Revolución Francesa estampada bajo un “pacto social” con “representatividad” sustituyendo al Estado absolutista.
Este cambio proclamaba que la soberanía no reposaba en el monarca sino en la voluntad del pueblo, base del nuevo Estado liberal, liberalismo que en el devenir del tiempo fue completamente distorsionado llegándose a los peores extremos de desigualdad y de degradación social porque el maligno Estado cambió de rostro, pero no de espíritu.
Luego se construyó una de las más grandes mentiras: la de que sin el Estado no puede existir la sociedad, puesto que sin este ente que impone “autoridad” y “orden” sólo reinaría el caos y el desorden haciéndose imposible la vida societal, patraña lamentablemente arraigada en la mente de los hombres, olvidando que vivió millones de años sin Estado, sin las taras que hoy nos agobian y sin el peligro de la fabricación de enfermedades que destruyen a la humanidad.
Columnas de GONZALO PEÑARANDA TAIDA



















