La búsqueda del sentido de la Navidad
La Navidad sin mi madre es otra cosa. Mi madre le ponía su impronta mágica e impaciente a estas fechas
La casa se alborotada con la música navideña, las incontables llamadas y el timbre de la puerta por visitas inesperadas.
No sé si era una Navidad como la de otros, pero era la nuestra. Mi madre tenía un fervor enraizado por la Navidad que me lo ha transmitido intacto, aunque por mi espíritu reservado, más parecido a mi padre, lo tomo con calma.
Mis hermanos gregarios y joviales hacían que cada Navidad fuera distinta y anecdótica. Y mi abuela y tíos hacían posible que los regalos pedidos en las cartas navideñas sean posibles. No había manera de no sentir que la Navidad se instalaba en nuestras vidas.
La Navidad tenía un ligero toque religioso pero su sentido mayor era de congregación familiar. Éramos todos y uno siendo parte del entramado familiar.
Hace dos años nos reunimos las hermanas mujeres, la Navidad tuvo ese toque que apelaba al recuerdo y la añoranza. Volvíamos a revivir la infancia y juventud a través de la Navidad.
La Navidad nos recordaba que la familia la llevamos dentro de cada quién y que cultivar los afectos en tiempos donde todo es espectáculo y desborde masivo, es un acto de solidez con una misma.
Me espanta el derroche de alegría fatuo de sonrisas perfectas en ambientes de ensueño. La Navidad es el regocijo del alma en un mundo de crueldad, dolor y desesperanza. Mi madre lo entendía muy bien y por eso, su esmero en nutrir nuestras almas de niños de sencillos actos de amor, en prevención del futuro. Algo de sabiduría tenían estas acciones valóricas.
Los niños huérfanos de Gaza seguramente añoran a sus madres, como yo a la mía. Sin embargo, existe una diferencia, ellos las perdieron cuando aún no estaban preparados para enfrentar los vericuetos de la vida.
En el caso de mi familia, mi madre y sus enseñanzas infinitas están indelebles en las vidas de cada quién. Y las recordamos cuando miramos al otro como igual y próximo, cuando el dolor de otros conmueve nuestra esencia.
Porque si algo no nos puede faltar en la Navidad, es reconocer que nuestro sentido de ser persona, comparte con otros, una humanidad que acerca e ilumina la esperanza en una hermandad común.
Si un horizonte se comparte con otros mundos culturales y religiosos es la esperanza intacta y de pie que la Navidad trae consigo.
La autora es profesora titular de la UMSA e internacionalista
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