Las madres y la esperanza permanente
Las cosas que importan son menos fugaces, más cristalinas y se esculpen en el tiempo. La primera y fundamental es el amor con su fuerza avasalladora que cambia la vida y trastoca los sueños. Solamente el amor tiene la propiedad de darle sentido a la vida humana. No hay otra fuerza equiparable. El amor de una madre ha sido entendido como una de las expresiones más altas del amor y coincido plenamente, desde una maternidad que es ambivalente, que descoloca la mística de la maternidad como experiencia idílica. Es difícil entenderlo, porque es un amor inenarrable, más allá de lirismos y excesos grandilocuentes.
Es el amor que se muestra a lo largo de una vida entera, un amor sin tregua, que no se cansa, que no se agota. Es el amor de la esperanza permanente. De las congojas más repetidas, de las incomprensiones que hieren el alma y aún sí es el amor que está ahí para conjurar el olvido.
Apelo a los griegos, para entender este amor primigenio. Los griegos en su rigurosidad estudiaron “el mundo de la vida” y al hacerlo invocaron al Onoma, dándole el sentido de interpelación. Es un “estar despierto” para oír. El oír como un verdadero hablar. En este caso, un escuchar al otro. En este caso, los hijos. Necesitamos que las palabras alcancen al otro en su comprender como remarcaba Gadamer (2002).
Al final de la vida de mi madre lo entendí mejor. Ella había dedicado su existencia a la investigación y a la docencia universitaria y tenía el gusto por la correspondencia epistolar con sus hijos. Sus palabras las he ido guardando en mi mente para modelar mis acciones y me han dado pautas. De alguna manera, siguiendo el nexo marcado por el filósofo Hans -Georg Gadamer de oír y entender como apertura libre a la dimensión del otro, es importante el cultivo de éstas en la lógica de no fracturar el entendimiento con una de las personas centrales en la vida que es la madre.
Las palabras de los otros- que importan- modelan la existencia y permiten la reflexión, pero también conectan con la autoestima y las aspiraciones. Por eso, la importancia de animar desde la palabra a los hijos. Los seres humanos somos hechura de las palabras y de la confianza que los seres que amamos, admiramos o ambas cosas, depositan en nosotros.
En un mundo que la banalidad hace su parte a través del espectáculo y la frivolización de la vida, el entendimiento recíproco entre madres e hijos deberían pesar más que la efervescencia y la vaciedad de un mundo que naturaliza la mala educación, la falta de respeto, la inconstancia de los afectos y la grosería descarnada como expresión de sinceridad. Hay una edad en la primera juventud, que los hijos cuestionan el valor del respeto, en la línea de Victoria Camps (2008), que respetar al otro es tenerle en cuenta y, a menudo, intentar entenderle.
Ciertamente, las convivencias ideales no existen, pues los seres humanos estamos influenciados por la economía del consumo que juzga estéril las relaciones perdurables y ha contribuido a la visión educativa de un falso igualitarismo entre padres e hijos, con lo que se despoja a las madres de la figura de autoridad que representan. Sin embargo, es preciso no claudicar en la enseñanza de aprender a respetar a las madres, como expresión inequívoca de que los jóvenes pueden aprender a respetar sus sociedades y las normas que conllevan. En todo caso, en el Día de las Madres, celebro la maternidad como una opción libertaria en el marco de una asunción propia, firmemente convencida de que el nudo materno se construye desde una identidad entre tantas otras, que vivimos las mujeres.
La autora es docente titular de la UMSA e internacionalista
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