Las “obras” bolivianas en la Bienal de Venecia
Una vez más, pero no por esto menos indignante, Bolivia nos sorprende con un proceso nauseabundo que refuerza la idea de que para el Estado el arte es un chiste de mal gusto y los artistas, unos pongos a su servicio. Las consecuencias de este nuevo acto de nepotismo y corrupción nos dejan no sólo mal parados, sino con la vergüenza irreparable en cuanto se refiere a la representación de Bolivia en la Bienal de Venecia.
La Bienal de Venecia es una instancia histórica para la difusión internacional de arte contemporáneo de cada país, nació el año 1895 y con el tiempo se convirtió en un evento internacional de los más importantes del mundo, artistas como Gustave Klimt, Auguste Renoir, Amadeo Modigliani y Vito Acconci, entre otros, fueron partícipes de éste gran evento.
Este año, bajo el lema “La leche de los sueños”, frase tomada de un libro de cuentos de hadas de la artista surrealista británico-mexicana Leonora Carrington, se celebran alianzas diversas, se explora la conexión de las tecnologías, los cuerpos, la tierra, se reflexiona sobre un futuro poshumano y se ve a la mujer cada vez más presente.
Nepotismo
Hablemos ahora de nepotismo. Se sabe que el concepto de nepotismo viene del griego nepos, traducido al español como “sobrino”, también hay una teoría que dice que el término viene de un caso muy importante de corrupción de la época
Romana que involucró a un emperador llamado Julio Nepote. Sea cualquiera su origen, el nepotismo es un delito por el cual un empleado público facilita a un pariente suyo una contratación o nombramiento sin seguir todos los pasos legales correspondientes.
En Bolivia existen más de tres disposiciones legales que tipifican esos actos como hechos de corrupción: la ley 2027 de la CPE señala que no puede existir parentesco hasta cuarto grado de consanguinidad en la institución pública, el artículo 36 en su inciso 3 de la CPE establece lo mismo, el artículo 150 señala que el servidor público que obtuviere para sí o para un tercero el beneficio de un contrato o nombramiento será sancionado con la privación de libertad de 5 a 10 años.
También se puede citar el artículo 146 donde figura el uso indebido de influencias y ni qué decir de la ley Marcelo Quiroga Santa Cruz que tiene como finalidad acabar con la impunidad en los hechos de corrupción.
Todo esto cae en saco roto cuando nos enteramos de las últimas noticias en torno a la Bienal de Venecia y la representación vergonzosa de Bolivia en ella.
El artista plástico Roberto Aguilar Quisbert, más conocido como Mamani Mamani, fue designado por el Ministerio de Culturas, Descolonización y Despatriarcalización, mediante la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, como “comisario” de la participación boliviana en la Bienal de Venecia.
Sin que se haya emitido una convocatoria pública para la participación de artistas nacionales en ese evento, el “comisario” desestima un proyecto ya aprobado y trabajado un año antes y, en su lugar, convoca a sus hijos, Illimani e Illampu, junto con un colectivo nuevo de artistas jóvenes, y los mueve a realizar una propuesta en tiempo récord que nos deja no sólo mal representados, sino que demuestra el nivel de corrupción de nuestras autoridades, la falta de políticas públicas y la poca educación y nivel en torno al arte serio y lo que representa para el mundo un evento de ese tamaño.
La “obra”
En cuanto a la “obra” presentada y a los trabajos que la acompañan, puedo decir que se trata de una “escultura” que se asemeja a un proyecto escolar representando el sistema solar y el universo, y que no es coherente con el discurso pobre que lo acompaña (por así decirlo: el texto curatorial) y que no entra de ningún modo en la de las categorías de arte contemporáneo.
Los dibujos y pinturas que acompañan a este mamotreto tienen características de bocetos de escuela y ni siquiera están montados de una forma decente. En resumen, un acto condescendiente que nos daña irremediablemente como país ante el mundo.
Hazmerreír
¿Hasta cuándo vamos a aceptar o mirar de manera condescendiente la mediocridad en el arte con el pretexto romántico que hace verlo como un hobby y no una profesión seria?
¿De veras vamos a hacer una crítica insípida para no quedar mal con nuestros amiguitos y vamos a dejar que estos delitos sigan ocurriendo?
¿Hasta cuándo nos quedaremos callados y calladas cuando el Estado se ríe en nuestra cara y los hechos de nepotismo quedan en la impunidad?
Mientras nos respondemos a estas y otras interrogantes, nos queda claro que el daño ya está hecho. Bolivia es, una vez más, el hazmerreír del mundo, y la pieza Wara Wara Jawira es un reflejo exacto y lamentable de nuestra mediocridad.





















