La IA bajo la mirada de la Iglesia y la filosofía
No es casualidad que corrientes ateas y creyentes confluyan más o menos en lo mismo cuando analizan las potenciales amenazas de la Inteligencia Artificial (IA). Autores ateos como Y. N. Harari vienen advirtiendo en libros y entrevistas sobre los peligros que sus avances podrían suponer en la vida de los seres humanos. Por otro lado, autores creyentes, como nada menos que el papa León XIV, han advertido lo mismo con más o menos los mismos criterios de análisis. En realidad, toda persona con algo de cultura, sentido crítico y prudencia se da cuenta de los riesgos que supondrá la IA, sobre todo cuando esté mucho más desarrollada y entrenada que en la actualidad.
Estoy seguro de que la crítica a esta nueva herramienta de que la humanidad dispone la habrían hecho también el sociólogo Max Weber y varios teóricos de la Escuela de Frankfurt, como Max Horkheimer o Theodor W. Adorno, autores estos dos de la Dialéctica del Iluminismo (1944), un libro fundamental para entender cómo la razón humana puede desviarse de sus objetivos trascendentales y degenerar en un bucle de inventos para resultados inmediatistas e incluso deshumanizantes. Tampoco dudo de que Kant, Leibniz o Sócrates hubiesen estado perplejos, si no pesimistas, si hubiesen presenciado cómo la inteligencia humana se ve por primera vez amenazada de ser rebasada o incluso anulada por un ordenador que computa datos en fracción de segundos.
Un poco porque me disgusta leer en digital y otro poco como una forma de resistencia cultural, he comprado en formato de librito físico-pues el Vaticano lo había lanzado en formato virtual también- la más reciente carta encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas: Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, publicada en mayo de 2026.
El documento está estructurado en una introducción, cinco capítulos centrales y una conclusión. En la primera parte, el papa rememora la encíclica Rerum Novarum de 1891, cuando el Sumo Pontífice de entonces advertía a la Iglesia y el mundo sobre las “nuevas cosas” de aquella época, como las brechas salariales y las relaciones de opresión y explotación provocadas por la revolución industrial y las sociedades industriales del momento. Y no es incoherente la comparación que ahora el papa León XIV busca trazar entre aquellos fenómenos de fines del XIX y la irrupción de la virtualidad y la IA en el siglo XXI, frutos todos estos de la inventiva humana y el afán humano de acortar, abaratar y optimizar procesos sobre todo laborales, pues ciertamente existen paralelismos entre ambos momentos y fenómenos. Como dijo algún pensador, el ser humano no ha cejado ni un minuto en su aventura por desarrollar la técnica, en gran medida porque es flojo y tacaño.
Una de las advertencias más interesantes del papa es la que dice que es solo una pequeña parte del mundo la que está o implicada en el desarrollo de la IA (multimillonarios y programadores) o preocupada reflexionando sobre sus alcances (filósofos y pensadores), pues la gran mayoría de la humanidad espera con ingenua pasividad lo que venga, sin hacer mucho y utilizándola de manera acrítica. Pero siempre fue así. Mientras que antes pequeñas élites inventaban y construían fábricas y unos pocos (como los pensadores de la Teoría Crítica) se ocupaban de analizar los fenómenos sociopolíticos y económicos, hoy ocurre igual. Y así, el riesgo de deshumanización es casi el mismo, o incluso mayor, pues mientras que antes el trabajador corría el riesgo de volverse un costo de producción, hoy el ser humano está en peligro de convertirse en un dato volando en el ciberespacio.
El cristiano no es, como muchas veces se piensa, una persona dogmatizada y sin pensamiento crítico. Todo lo contrario; como decía Ratzinger, el cristiano no debe tenerle miedo a la verdad de la ciencia, porque, ya que esta es una sola, al final ciencia y religión terminan convergiendo. Es por eso que debe afirmar su vida en un perenne ejercicio de búsqueda, mediante la oración, el contacto con los demás y el estudio y la reflexión. Por consecuencia, en Magnifica Humanitas se interpela al lector con esta cuestión de fondo: ¿Qué estamos construyendo? ¿Hacia dónde nos están llevando la facilidad y la sencillez con la que los procesos financieros, comunicacionales y educativos se hacen hoy? ¿No estamos debilitando con ellos el juicio personal y la creatividad? ¿No está dejando de ser la palabra, ese invento maravilloso, una relación o un concepto humano para convertirse en una apariencia vacía de contenido?
Por otro lado, el paradigma tecnocrático que se está instaurando en el mundo, alimentado por relatos futuristas de transhumanismo y posthumanismo, está agudizando la concentración de dinero en pocas manos e impulsando lo que podríamos llamar un “neopositivismo”, en el que los frágiles, pobres y débiles tienen poco valor y en el que hay “sacrificios necesarios” para conquistar el progreso. Dice bien el Vicario de Cristo al apuntar que cuando la eficiencia y la velocidad se convierten en la medida de las cosas, los minusválidos, ancianos, pobres y enfermos pueden ser relegados o arrumbados. En este sentido, se debería cuidar, y hasta valorar, el dolor, la vulnerabilidad y las limitaciones humanas, pues estas son las fuentes de la luz y el amor. Para terminar con el dolor, sería necesario, como sugieren filosofías antiguas o religiones orientales hoy puestas en boga por la Nueva Era, apagar el deseo y el amor, ser indiferentes a lo externo o controlarlo todo.
Ya lo dice la encíclica Mater et Magistra: la Iglesia tiene como fin principal la santificación de las personas y el anuncio de las verdades eternas del Evangelio, pero no por ello no debería reflexionar sobre los fenómenos políticos, económicos, sociales, culturales y, ahora, tecnológicos y de la IA. Por eso, leer, interpretar y analizar críticamente lo que los ordenadores y algoritmos puedan hacer en la mente y la vida de los seres humanos debería ser una tarea permanente en la vida del cristiano. Desde corrientes ateas se podrá afirmar que la IA es solo un eslabón más en la cadena evolutiva. Desde la doctrina cristiana, se deberá defender la dignidad humana para que los hijos de Dios no perezcan en su aspiración de construir una nueva torre de Babel.

























