El infortunio de Bolivia con sus élites
Ciertamente, el 191 aniversario patrio exige una evaluación de lo que hoy es Bolivia. Para ello, en estas breves líneas, adoptaremos la premisa de que la historia, el desarrollo, el futuro y el destino de un país, dependen de los grupos minoritarios organizados que toman el poder en períodos democráticos, autocráticos o dictatoriales, es decir: de las élites gobernantes. Sus decisiones, al afectar al conjunto de la sociedad, tienen carácter vinculante. En consecuencia, nuestra historia y futuro, están supeditados a las capacidades y al proyecto de país que nos imponen estas élites.
Todos los indicadores socioeconómicos nos ubican en la zaga del desarrollo mundial y regional. Es sobrecogedor observar los niveles de educación, pobreza y subdesarrollo en la que nos encontramos. Con tanta riqueza y recursos que nos rodean, estos indicadores son, realmente, deplorables. Con la responsabilidad y visión de nuestros gobernantes, bien podríamos haber sido en la Suiza de Sudamérica. Pero, ¿qué ha sucedido? ¿Qué han hecho los gobernantes con Bolivia?
La historia es dramática, por no decir trágica. Nuestro nacimiento como república, adolece, incluso, de malformaciones congénitas. La élite criolla que encabezó la guerra de la independencia, nunca pretendió fundar un nuevo país, cambiando radicalmente las estructuras de dominación colonial. Dejar de ser colonia suponía, pues, grandes transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales. Nada de eso sucedió, la libertad fue sólo un pretexto. La fachada republicana cubrió una realidad atroz. El único cambio sustancial que nos deparó la República, fue el cambio de lugar en la acumulación de la riqueza, pues la sublevación criolla procuraba, simplemente, dejar de enviar el excedente a la corona, para apropiarse y acumular internamente. Con la misma estructura de dominación colonial, y grandes historias de heroísmo y vanidad, fundaron la república. Es más, bajo el principio del “darwinismo social”, excluyeron sistemáticamente a las grandes mayorías nacionales de los beneficios de la nueva república, pues ni siquiera tuvieron la sensibilidad de reconocer su ciudadanía. Qué ironía, este beneficio recién llegó después de largos 127 años.
En esas condiciones, luego en la república, hasta 1952, precisamente, las élites en el poder fueron incapaces de imponer un proyecto societal. Por su concepción evolucionista y racista de la sociedad, carecieron de una visión de país. Como sostuvo Sergio Almaraz, vivían en un país al que despreciaban profundamente. Su vanidad y desprecio a los “inferiores” se manifestaba prepotentemente. Al margen de su notable incapacidad para gobernar, carecieron de honradez. La incompetencia y la mentalidad de servirse de los fondos fiscales fueron sus virtudes cardinales. Salvo honrosas excepciones, como los Gobiernos de Santa Cruz, Busch y Villarroel, las élites en el poder habían instituido la mezquindad en su estilo y forma de gobernar. Al no reinvertir el excedente internamente, replicaron el saqueo de la colonia. Ni qué decir de sus cualidades éticas e intelectuales.
Hubo, ciertamente, dos intentos serios de cambiar esta trágica historia. La revolución del 52 y la entronización de Evo Morales en el poder, el año 2006. La primera, a la luz de la historia, fue un verdadero fracaso. En cambio, la segunda, con las ilusiones y esperanzas a cuestas, soñando un verdadero cambio, parece que fue peor. Si bien, la revolución del 52 otorgó ciudadanía a las grandes mayorías nacionales antes marginadas, en términos de resultados, en cuanto al manejo y la administración del excedente, luego de la nacionalización de las minas, fue un verdadero “bluff”. La nueva élite, luego de la euforia revolucionaria, había sofisticado los métodos para beneficiarse del excedente económico. Políticos y militares, a su turno, forjaron enormes fortunas con el discurso del nacionalismo revolucionario.
Esta historia, desafortunadamente, con mayor intensidad, se repite con Evo Morales y la élite azul. Esta vez, claro, con el discurso indígena exaltado. Todos los principios invocados y enarbolados, desde la “última reserva moral del mundo” hasta la protección de la madre tierra, naufragaron y se evaporaron en el momento de su ejecución. Literalmente, se “emborracharon” con el excedente económico que generó la extraordinaria e inédita bonanza económica, producto de la “nacionalización” y los altos precios de los hidrocarburos y minerales. El despilfarro, sobre todo en “elefantes blancos” y obras destinadas a satisfacer una voraz megalomanía; es impresionante. Refinaron, además, los mecanismos para favorecerse descaradamente de los fondos públicos. Está incrustada en la mentalidad de esta élite la posibilidad de servirse siempre de los fondos públicos. La competencia técnica y el sentido común son notablemente escasos. Profundamente orgullosos de su ignorancia, han entronizado a la mediocridad en su forma de gobernar. Para rematar, tienen además, una concepción cínica de la vida: después de nosotros el diluvio. Los denuncia, su ambición de perpetuidad.
Qué infortunio. Algún día esta historia debe cambiar.
El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón.
Columnas de ROLANDO TELLERÍA A.




















