Entre las piedras, el milagro de la mamita que nunca falla
Incienso, serpentinas, piedras que simbolizan dinero y dones como la salud o el trabajo
“Un día vine pobre y ahora me voy en mi propio auto”, cuenta emocionado Fernando Páramo, que trajo desde Santa Cruz una pesada piedra para devolver a la Virgen de Urkupiña, aunque el peso de la piedra no se compara con el tamaño de su fe.
Fernando recuerda que el año pasado acudió a la fiesta de su “mamita” y reconoce que lo hizo “sin pensar” y le pidió un auto. Volvió a Santa Cruz y poco tiempo después se le hizo “el milagro” porque surgió la oportunidad de comprar un auto y poder trabajar.
En ese auto, llegó con su familia al Calvario el martes pasado para cumplir con el ritual que manda a devolver el “préstamo” obtenido de la Virgen, que son las piedras que los devotos se llevan de las canteras. Fernando vino a devolver la piedra, pero, además, a llevarse otro “préstamo”: un auto más para su suegra, que, sentada a su lado, asentía convencida cada expresión de fe de su hijo político.
Ya sea para dejar la piedra del año pasado o para llevarse una nueva, los devotos, que comienzan a llegar a Quillacollo desde fines de julio, siguen estrictamente el ritual. Cada piedra extraída debe ser ch’allada. Para eso, se revientan cohetillos en señal de alegría por la dádiva, se adorna con serpentinas y se le “invita” cerveza o chicha a la Pachamama. Y los devotos también beben para celebrar.
Sacar la piedra tiene que ver más con la fe que con la fuerza, dice don Celso Somonte, que limpia su cantera para los visitantes y alista sus combos para alquilar. El precio base del alquiler es de cinco bolivianos, pero si el devoto saca un pedrón de buen tamaño, el precio sube. Y es que mientras más grande la piedra, más grande el don de la Virgen con sus fieles.
“Hay que sudar para sacar la piedra, eso es plata y la plata con sacrificio se consigue. Algunos sacan piedritas chiquitas, eso es que no están viniendo con fe”, sentencia don Celso.
Una vez que Fernando Páramo cumplió con el ritual, puso sus pedrones en una bolsita de plástico que las vendedoras del lugar ofrecen por todas partes y bajó hasta la entrada del Calvario. Allí compró una mesa para la Pachamama, adornada con misterios que son una especie de golosinas cuadradas con figuras de casas, autos y otras cosas que los devotos piden a la Virgen, la “mesa” es colocada en un brasero y cuando el incienso comienza a humear, el “sahumeador” la ofrece con la vista hacia el santuario, luego envuelve en el humo del incienso las piedras y los billetes, autos y otros dones materiales para bendecirlos en busca de que se hagan realidad. Las manos del devoto también son pasadas por el humo aromático y para terminar se repite la invitación de bebidas a la madre Tierra.
“El incienso es el perfume de la Virgen que nos envuelve, el sahumerio es el alimento para la Pachamama, su fiambre y la cervecita es su t’inka, su agradecimiento”, explica Esteban Ramos, uno de los sahumeadores que mantiene viva la tradición.
Luego de la bendición y ch’alla, un perfecto ejemplo del sincretismo religioso y cultural de la festividad de la Virgen de Urkupiña, Fernando y su familia abandonan el Calvario pidiéndole a la Milagrosa que les permita volver al año a visitarla.





























