Soberanía a contrapelo
El lenguaje aguanta todo; pero no lo hace. Al pan, pan, y al vino, vino. El vino no es de altura, son los parrales que se cultivan a más de 2.200 metros sobre el nivel del mar. Ni la producción alimentaria, ni la tecnología son soberanas; la primera puede ser escasa o excedente, la segunda obsoleta o novedosa. Soberanía implica independencia política; pero la independencia alimentaria y tecnológica no existen. Nadie prescinde de lo importado ni los ermitaños innovan.
La soberanía está a contrapelo, pierde la pulseta. Se empaquetaba hombres y recursos naturales en un espacio, como cosas en un envase, es el complejo de nación pequeña, cercada, sin espacio, con fronteras naturales o históricas. Se pueden construir muros; la comunicación más que el transporte los transgreden, los créditos se hacen extensivos, no es necesario el dinero en efectivo; los medios de producción y la tecnología se hicieron nómadas. No hay independencia, es intercambio, es información y comercio; lo dijo un cura no un lego, el mundo cambió con las computadoras, los contenedores y los créditos. Se siembra hitos en la frontera o se construye vías interestatales y corredores bioceánicos, se firma tratados de libre comercio o se hacen litigios.
Esquivando la brutalidad de la guerra donde unos pueblos se imponen sobre otros por las armas, y a pesar de diferencias religiosas, de credo, o culto por el pasado, formas de vida y organización política, la tecnología se hace promiscua, se manosea, se usa o no sirve. A soberanía le queda la alcurnia del tono, ¿soberanía alimentaria y tecnológica?; para no citar el dicho popular del cerdo en el trapecio, es el remilgo de un vegetariano en una churrasquería. Los economistas sostienen que la ventaja proviene ya no de la dupla capital/producto, sino de la de capital/conocimiento, por supuesto, no es cualquier tipo de conocimiento, es conocimiento técnico e investigación científica. El sueño del cándido son ciudadelas científicas donde descubrirá lo todavía ni imaginado, y los cultivos a prueba de toda plaga. La receta es enseñanza en el saber más valores (empeño en el trabajo, iniciativa y honradez) eso conduce al desarrollo de conocimientos técnicos y científicos. Pero aprender significa más piratear, absorber, mamar, plagiar. Lo dijo en otras palabras el premio Nobel inventor de la A.I., H. Simon, los laboratorios de investigación científica ocupan el 99% del tiempo en husmear lo que otros hacen. No es necesario apelar a estudios de historia económica, ni a los gurús de mercadotecnia, lo hizo Japón, lo hace China, la gran estrategia económica es el plagio; tampoco se debe invocar a pedagogos para establecer que alguien recluido en una celda no será genio científico, toda una luminaria; tal vez llegue a ser un iluminado.
La administración intenta clasificar las nuevas tecnologías en innovadoras o disruptivas. Se está a la caza de genios, se hace un ranking en la historia, se elabora un medidor de inteligencia I.Q. En lo anecdótico, la fruta del genio debe ser la manzana, la mordió Adán del árbol de la sabiduría; le cayó otra a Newton y otra ya mordida a Jobs. Muchas sátiras sociales tienen la desventura de acabar como cuentos para niños, y muchos cuentos para niños acaban embelesando adultos. Soberanía alimentaria y tecnológica -el menú ofrece comida fusión--, están todos los ingredientes, es comercio; cada quien en su ciudadela, tú sabes, él sabe y el otro también, los conocimientos se transmiten con un clic, los encriptados son inútiles, tienen el sello R.I.P., no “made in”.
El autor es administrador de empresas.
Columnas de GUSTAVO L. QUIROGA MERCADO


















