¿Volverán a sangrar las venas abiertas?
Durante 18 años de gobiernos populistas – progresistas, desde el ascenso al gobierno de Hugo Chávez en 1998 hasta 2016, los gobiernos de Venezuela, Ecuador, Bolivia, han desarrollado profundas transformaciones políticas, económicas y en especial sociales, con el fin de lograr menores niveles de pobreza, indigencia y desigualdad económica, además de mayor equidad social. En esa dirección, estos gobiernos han fortalecido el control nacional sobre sus recursos naturales, defienden procesos de integración solidarios y adoptan posiciones independientes y contestatarias ante la geopolítica imperial de Estados Unidos. Es así que cada Estado en la gestión económica ha dinamizado su economía nacional, mediante reformas que han ido corrigiendo las fallas del mercado, redistribuyendo la riqueza nacional y recuperando el control de sectores estratégicos, renegociando las tasas de ganancias, tornando este proceso mucho más favorable al Estado Nacional en detrimento del empresariado extranjero y nacional servil de las transnacionales; aparte de propiciar la nacionalización de las empresas estratégicas para disponer de financiamiento para las políticas sociales.
Empero, su principal error fue no desmantelar ni cuestionar drásticamente el sistema existente, heredado desde el modelo colonial español y del neoliberalismo de carácter extractivista, concentrado en la exportación de materias primas en detrimento del desarrollo industrial. Por ello, la economía de estos países ha estado característicamente en función de los precios de las materias primas con muy bajo valor agregado y destinadas a la exportación; coexistiendo con productores de petróleo, gas, minerales y ciertos productos agrícolas - forestales (soya, madera), con un porcentaje mínimo de manufactura.
Consecuentemente, lo fundamental es que aún no se ha logrado sustituir efectivamente el modelo tradicional neoliberal por uno nuevo (que en el caso de Bolivia está vigente desde la promulgación del DS. 21060 de 1985). Adicionalmente, no se aprovechó la coyuntura de altos precios del petróleo y de las materias primas, de la demanda China, Rusa y de otros países de la Unión Europea. A lo que debe sumarse el aumento considerable del consumismo, no sólo en las empresas de clase media sino también en los sectores populares de obreros y otros.
Otra falla es la corrupción en los diferentes niveles del Estado, que constituye una lacra moral que afecta el prestigio de los líderes principales, dañando la imagen general del gobierno. Al bajar los precios internacionales, no hay recursos para hacer políticas sociales de envergadura y la base social se reduce; es allí cuando las oligarquías y politiqueros muestran su verdadera cara: una derecha tradicional, servil a las transnacionales y los EEUU, que saquean los recursos naturales y económicos.
Bolivia, parece ser el país donde la oposición derechista tiene menos fuerza, pues se ha producido una neutralización de la misma y la oposición dialogante predomina sobre la oposición contestaría. La derecha tradicional está agazapada para reconquistar el poder, por medios tanto ilegales tal cual se ha observado en los diversos golpes “blandos” o “parlamentarios” en la región (Brasil), como legales, a través de elecciones (Argentina) o referendos revocatorios (Bolivia).
El autor es economista.
Columnas de GONZALO MACEDA OROS















