Los señores del gran poder
A los movimientos populares, ha dicho el pensador Michel Foucault, siempre se les ha presentado como producidos por el hambre, los impuestos, el desempleo; nunca como una lucha por el poder, como si las masas pudieran soñar con comer bien, pero no con ejercer el poder.
En “La microfísica del poder” Foucault enfatiza en que “El poder no es un fenómeno de dominación masiva y homogénea de un individuo sobre los otros, de un grupo sobre los otros, de una clase sobre las otras; sino tener bien presente que el poder, si no se lo contempla desde demasiado lejos, no es algo dividido entre los que lo poseen, los que lo detentan exclusivamente y los que no lo tienen y lo soportan. El poder tiene que ser analizado como algo que circula, o más bien, como algo que no funciona sino en cadena. No está nunca localizado aquí o allí, no está nunca en las manos de algunos, no es un atributo como la riqueza o un bien. El poder funciona, se ejercita a través de una organización reticular.
Y en sus redes no sólo circulan los individuos, sino que además están siempre en situación de sufrir o de ejercitar ese poder, no son nunca el blanco inerte o consintiente del poder ni son siempre los elementos de conexión. En otros términos, el poder transita transversalmente, no está quieto en los individuos”.
Foucault apunta al núcleo articulador del poder entre éste y los individuos. El poder no debe ser inerte, debe circular a través de esos sujetos y conducir a una dinámica progresiva que permita que el poder no se concentre estrictamente en un individuo o una elite. Si es así, se convertirá en un dominio absoluto sobre los otros. “El individuo es un efecto del poder, y al mismo tiempo, o justamente en la medida en que es un efecto, es el elemento de conexión”.
Siguiendo esta huella, concluyo en otro principio fundamental, teórico si se quiere. Cuando el poder nace del pueblo se transforma en una herramienta de convivencia, de lenguaje, de circularidad, gobernabilidad y soberanía.
Cuando surge de un individuo, elite o Gobierno, se convierte en un sistema acaparador, en el que se concentran decisiones, beneficios, riquezas y círculos cerrados de corrupción y podredumbre política.
No creo que exista nada más peligroso que el poder condensado en manos de un sujeto o de pocos. Desde esa posición se desplaza la unilateralidad que paraliza la pluralidad y los mecanismos incluyentes que sirven para hacer copartícipes a la sociedad; la democratización de la información, la distribución, cuando menos equilibrada, de la toma de decisiones y la delimitación exacta de los poderes del Estado.
La corta primavera Latinoamericana se embriagó con esa terrible concentración de poder en manos de un individuo y de sus elites que alcahuetearon chanchadas y exabruptos. El poder y la caída política y económica de casi todos los Gobiernos latinoamericanos nos convenció de que esta parte del mundo aún transita los caminos de los caudillos: déspotas, autoritarios, empoderados por encargo o por los ancestros, corruptos y desaliñados demócratas.
Desde Venezuela, Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y más. Hay un hilo conductor que ata cabos en son de risa e ironía. El extinto comandante Chávez se valió de inconformismos y debilidades sociales para hacerse de un poder demagógico, populista y corrupto, hasta desembocar, por herencia, en el de Maduro que actualmente se encuentra más desorientado que chancho en apartamento. Y seguramente ese poder absoluto mal utilizado, corrupto, tirano e inoperante que le fue transferido será también su caída inminente.
Cristina Fernández de Kirchner se dio baños suculentos de corrupción y despotismo, concentró su poder en su endiosada figura que se olvidó del soberano que también defenestra por medio de las urnas. El poder vuelve, naturalmente, a su origen.
Históricamente, la dinámica social y política en Latinoamérica siempre fue intermitente e inestable que no acaba de consolidar su transparencia.
En Bolivia, Evo Morales se ha convencido de que el poder tiene que ser absoluto para mantenerse inquebrantable o, cuando menos, hacer que la palabra y las decisiones de la figura del caudillo sean incuestionables. Morales, ha hecho justamente todo lo contrario de lo que advierte Foucault, el poder como un fenómeno de dominación masiva y casi homogénea de un individuo sobre los otros, de un grupo sobre otros, de una clase sobre otras.
Ha concentrado tanto su radio de dominio en su gobierno que parece haber blindado por completo a personas, instituciones, acciones y administraciones que sin duda son impermeables al escrutinio y a la investigación.
El poder embutido en las decisiones de una sola persona casi siempre resultan en explosiones sociales.
El patrimonio de nuestra sociedad, como referente ético, justo y obediente de las leyes y libertades se ve cada vez más afectada, directa o indirectamente, por un comportamiento inaceptable de este Gobierno. Ya casi nada sorprende, todo parece ser una anécdota. Los escándalos de corrupción y sus opacos desenlaces son disipados entre la bruma en escasos dos o tres días, por otro nuevito que, más allá de convertirse en descaro, se presenta como el capítulo de estreno de la historia sin fin.
No quiero asustarlo, presidente Evo, pero el exmandatario, Rafael Correa, abandonó Ecuador. Salió de su país por si acaso a la historia se le ocurra saldar cuentas.
¿Fin del correísmo? ¡Sí!, pero también de uno más de los súper amigos que tuvo su gran oportunidad de despojarse de mesianismos y poderes absolutos para aproximar un poco a Latinoamérica a esa credibilidad y estabilidad que tanto nos falta y que no la supo capitalizar.
Lo que me satisface plenamente, presidente Morales, es que una vez más la historia demuestra ser la espada de Damocles que pende sobre los absolutismos y los señores del gran poder, de hecho sí existen, pero tiene una fecha de expiración.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.















