Conversación en un consultorio
Entra un anciano arrastrando su pie derecho y apoyando el cuerpo en un bastón, ubica un asiento vacío y, apurándose para que otro no ocupe el lugar, se sienta estrepitosamente.
Es uno de los consultorios que administra la Caja Nacional de Salud, en algún barrio de Cochabamba.
A lado del anciano que acaba de entrar está sentado otro que aparenta más edad. Con las manos agarrándose las rodillas el viejo tiene la mirada perdida en la pared del frío pasillo.
El recién llegado, de apariencia bonachona y actitud extrovertida, grita “el último para la doctora GA”, alguien del final de la fila de asientos le responde, “yo, número 15, usted es el 16”.
– ¿De qué año eres? Pregunta el anciano hablador a su colega. Éste, como quien no escucha la pregunta, se mantiene en silencio y luego de varios segundos y con cierto desgano responde: “del 30”.
– Uyyyy caracho, yo soy del 28 y mira vos, pareces más viejo, ¿qué pasa pues?
Los dos viejos no se conocían. Los achaques de la edad hacen que las visitas al médico sean más frecuentes y las esperas en los pasillos son una buena excusa para que los pacientes establezcan largas charlas.
Y son los de la tercera edad los más habitúes a los consultorios del seguro social. Escuchar sus conversaciones, a veces, se convierte en un ejercicio algo interesante.
– ¿Qué año te has jubilado?
– No me acuerdo
– Yo el 85 (¿o el 86?), de la Comibol ¿Tú, dónde trabajabas?
– En la empresa privada.
– ¿Y tu mujer? ¿Está contigo?
– No, he enviudado.
– Yo también, hace poco nomás. Jodido es no tener con quien hablar ¿No?… ni a quien abrazar.
Y los dos viejos se callaron y pegaron sus miradas, vidriosas y cansadas, sobre la pared que tenían al frente.
Columnas de MICHEL ZELADA CABRERA





















