La generación silenciosa, los testigos de la historia

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Publicado el 17/07/2020 a las 18h11
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Entre quienes hoy somos testigos del nuevo gran cambio global y nacional, ellos resultan los que más experiencia en ese tipo de sobresaltos tienen. Probablemente, ni las generaciones que les antecedieron ni las que les han sucedido hasta hoy tuvieron el privilegio de ser vivo testimonio histórico en saltos tan grandes para la humanidad. Parecen ubicarse como la generación del antes y el después entre una sociedad relativamente dispersa y de cambios pausados y otra vertiginosamente globalizada. Ellos suelen decir sobre los anteriores cambios hacia nuevos ordenes mundiales: “A mí no me lo contaron, yo lo viví”.

Suman un importante sector social, alrededor de 195 mil personas, el 1,7 por ciento de la población boliviana, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Algunos de ellos trabajan como autoridades departamentales o estatales y otros encabezan instituciones. Claro, la gran mayoría ya se ha replegado a una vida más apacible.

Internacionalmente se la ha definido como “la generación del silencio”. Nacieron entre principios de los años 30 y mediados de los 40. También se los llama “los hijos de la posguerra” debido a que nacieron o eran niños en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. En el caso boliviano, fueron marcados también por su cercanía a la más larga y encarnizada de las conflagraciones que afectaron al país. 

 

Bajo la sombra de dos guerras

“Mi padre participó en la Guerra del Chaco —dice Remi Alcira López—. Conducía camión y estuvo en la defensa de Villa Montes. Con mi esposo discutíamos y bromeábamos porque su papá fue pacifista y cuestionó aquella confrontación. Nuestros mayores siempre hablaban de la guerra y los excombatientes eran un sector influyente en la política boliviana. (…) De la Guerra Mundial lo que recordábamos siempre con mis contemporáneos es la presencia de fugitivos judíos en La Paz. Un tiempo hubo un buen número. También, la noticia de las bombas atómicas. Esos años, los 40 y los 50, fueron como los que más se sintió ese peso de las guerras, en todo”.

Tal cual, los hijos de los soldados del Chaco fueron los niños y adolescentes azorados al ver las causas y los efectos de la Revolución Nacional de 1952. Juan Villarreal, hoy de 84 años recuerda, por ejemplo, cómo a su hogar llegaron las noticias sobre el magnicidio de Gualberto Villarroel aquel 21 de julio de 1946. “Contaban cómo lo habían golpeado y luego sobre el ahorcamiento, y que era porque él había apoyado a los indios”, cita este extrabajador fabril.

Luego recuerda, con más detalle, la sublevación que seis años más tarde reivindicó al presidente mártir: “Para la revolución de 1952, la Revolución Nacional, yo era adolescente. Cuando anunciaron que ya había pasado, fuimos con mis amigos a ver las zonas de los combates, a recoger cartuchos, incluso vimos algunos lugares con sangre, y el hospital; había gente en la morgue y heridos. Luego de la revolución vino un tiempo complicado, con muchos problemas y escasez, incluso hambre. Recién a eso de los años 60, más o menos las cosas mejoraron”.

Eran tiempos en los que la tecnología se tomaba sus respiros. “Lo más moderno, cuando niña, eran los autos —dice López—. Unas camionetas chicas, pero duras y toscas, y unos autos grandotes, feos, parecían botes. En casa, ninguna ‘dora’, ni siquiera las licuadoras. Había todavía el piano para las fiestas, también los tocadiscos. Una radio grandota, a lámparas, en la que escuchábamos las noticias al mediodía casi sagradamente. Luego, muy pocas de mis amigas contemporáneas fueron a la universidad; yo estudié Secretariado y mi esposo, Medicina”. 

 

Rebeldía de los “silenciosos”

La generación silenciosa recibe esa denominación porque instituciones fuertes y vigorosas en ese tiempo ejercieron un férreo control sobre la vida del individuo. Los valores de la familia, la escuela, la Iglesia, el grupo social los inducían a conductas mucho más moldeadas y rígidas. Sin embargo, resultaron también los jovenzuelos que vieron de cerca y hasta combatieron a las dictaduras militares y también protagonizaron la reconquista de la democracia. Vivieron los angustiantes días de los golpes de Estado, los toques de queda y las guerrillas guevaristas.

Fueron los jóvenes de la Guerra Fría, del mundo polarizado entre izquierdas y derechas, de Vietnam, de la rebelión de mayo de 1968 en Francia. “Llegamos con mi familia desde Sucre a principios de los años 60 —dice Federico Quezada—. Allí, mi hermano mayor y yo ya habíamos ingresado al Partido Comunista como células estudiantiles. Era la Guerra Fría que se vivía aquí y en todo el planeta. (…) El peso de ese tiempo tan convulsivo sobre el futuro marcó fuertemente a todos, pero el sudor y la sangre los puso, sobre todo, mi generación”.

“Sí, me acuerdo de cuando se supo de la muerte del Che Guevara, pero más recuerdo otro hecho —cuenta Villarreal—. Estaba en el estadio Siles con mi hijo pequeñito, se jugaba un clásico. Y desde el altavoz que anunciaba alineaciones o cambios se comunicó que se suspendía el partido. ‘Ha muerto el presidente René Barrientos’ (1969), dijo la voz. Fue como el principio de los golpes de Estado. He visto un montón. En los de Natusch (1979) y García Meza (1980) fui incluso a hacer barricadas a San Francisco, vi heridos y muertos. Ya estábamos cansados de los militares, ellos no se iban y el país cada vez iba peor”.

Los consultados recuerdan que en ese tiempo las comunicaciones se empezaron a globalizar a hacer más internacionales a través de las radios de onda corta, por una parte, y los clubes de radioaficionados, por la otra. También hablan del impacto de la televisión. “Escuché en vivo la caída del presidente chileno Salvador Allende, a través de la transmisión de radio Balmaceda”, rememora Quezada. “Mi esposo instaló unas grandes antenas y se compró equipos de radioafición —recuerda López—. Ayudaban a mucha gente con mensajes y encargos en Bolivia y otros países”. “En 1974, nuestro jefe nos invitó a ver televisión en su casa, era un partido del Mundial —cuenta Villarreal—, sólo los ricos tenían tele”. 

 

La gran crisis boliviana

Los “silenciosos” son los jefes de familia que debieron lidiar con la crisis de la hiperinflación del tiempo en que se reinició la democracia (1982-1985). Tiempo cuando en el mundo, paralelamente, concluía la Guerra Fría y las comunicaciones se volvían satelitales.

“No recuerdo una crisis peor —dice Gabriel Mendoza, agrónomo, 82 años—. Cuando la hiperinflación de la UDP (Unión Democrática y Popular), llegué a pensar que íbamos a destruirnos como algunos países africanos. Los militares habían dejado una economía en picada por no saber administrar el tiempo de vacas gordas y los izquierdistas llegaron para robar en el de vacas flacas. La escasez campeaba en todo el país, era difícil incluso comprar pan, la plata se evaporaba. Fue terrible”.

De los años 80 y un poco antes, en la generación silenciosa queda grabado el impacto de un fenómeno demasiado extraño en sus tiempos. “Cuando éramos jóvenes, en Bolivia, había borrachos, pero no ‘kolos’ —afirma Villarreal—. La drogadicción y otras cosas raras aparecieron después y son algo muy grave”. “He vivido en Europa y conocí EEUU —dice Quezada—. Pero, igual, hasta ahora reflexiono sobre cuán distinto sería este mundo si no se hubieran globalizado tanto las drogas y el libertinaje”. 

 

Los confusos 90

En los 90, les esperaron diversos vendavales políticos, sociales, tecnológicos junto a la estrecha estabilidad económica del llamado neoliberalismo. Villarreal se convirtió en exfabril porque decenas de industrias bolivianas cerraron, sus hijos lo incorporaron a la economía informal. El esposo de López falleció afectado por una estafa y ella se jubiló cansada de sus dificultades en el manejo de las nuevas computadoras. Mendoza y Quezada, en posiciones muy diferentes se iniciaron en actividades empresariales. El segundo reconoce que había archivado, tiempo ha, sus ideales comunistas.

La generación silenciosa empezaba a transitar hacia su etapa jubilatoria al iniciarse el nuevo siglo. Y en ese mundo de creciente Internet, TV cable y sofisticación de la vida diaria más el boom del consumismo les esperaban otras sorpresas históricas. Junto a las nuevas generaciones emergentes (“baby boomers”, “millennials” y “zetas”), traducidas en hijos y contados nietos, observaron la llegada de la “Guerra contra el Terrorismo”, en el mundo, y del “proceso de cambio”, en Bolivia.

“Pensaba que en mi vida ya no sería testigo de hechos políticos más impactantes de los que había visto —dice Quezada—. Creía que la hegemonía de EEUU y su orden duraría buenas décadas de manera cada vez más implacable. Me parecía que, en Bolivia, Goni y los otros harían eco menor pero paralelo de esa hegemonía. Pero vi lo de las torres gemelas, luego lo de Chávez y acá lo del 17 de octubre. Vi la irrupción china y dejé abierta mi mente para siempre. Todo puede pasar hasta el día en que te vayas”.

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