¿Será que la pandemia es de nunca acabar?
Aburre que la plaga de la Covid-19 tenga a los vejetes como yo entre desánimo y flojera. El otro día caminé para cobrar mi Renta Indignidad, como llamo al subsidio por ser anciano. Debo tener pinta de vivillo, o el empleado chamboneaba nuevos artilugios para reducir, pienso, la operación. Ni que fuera patea pelotas de millonadas mensuales que no pagan impuestos. Le pregunté si el engorroso trámite se debía a que estaba tocando laúd en el cielo y yo aún no lo sabía. Remató nuestra empleada de tres veces por semana, espetando que debería caminar más, en vez de estar sentado todo el día esperando que despierte mi musa, que de último anda perezosa.
Una ojeada a los titulares (los textos requieren lentes), resaltó un desaguisado. Los reporteros de CNN y Euronews andaban ocupados con la tragedia de la India, e intercalaban dos minutos de cortos de un médico en Nueva Delhi, al que parecían incitar a que llorase delante cámaras, después de 45 años de matasanos, aquejado hoy porque no hay oxígeno y mueren sus pacientes. La prensa local del fin de semana pregonaba que un nuevo aumento del salario mínimo en Venezuela no alcanzaba ni para un kilo de carne; que resonaba la ‘batalla’ en Madrid y no hablaban de su guerra civil; que Brasil se debate entre sus 400.000 fallecidos por la plaga, la mitad de brasileños apoya al demagogo Bolsonaro y la otra mitad lo censura.
Me intrigó la reseña de Un vampiro a dieta, cuento infantil de Isabel Mersa Gisbert de quien me pregunté si no era hermana de mi amigo Carlos con algún drama familiar de por medio para justificar la ‘r’. Tenía un componente educativo sobre los vilipendiados murciélagos, a los que cargan cuchara, tenedor y cuchillo en tiempos de plaga achacada a animalitos como el pangolín y supuestos vampiros.
Eso dio apoyo a una idea que hace días ronda mi magín. Aparte de la indiferencia que pareciera pintar a la pandemia del coronavirus en países ricos, preocupados por efectos del turismo en la economía o insuficientes vacunas, se soslaya que la Covid-19 es un efecto, no una causa. Porque el meollo del problema es el abuso del medio ambiente, que está asesinando al planeta Tierra, en este estúpido suicidio en que andamos empecinados los humanos. Me late que los colonizadores de Marte o Ganímedes serán ricachones con quintos y dominio de la tecnología, y que se jodan los pobres condenados de la Tierra que denunciaba Franz Fanon.
En efecto, mayor cobertura tienen las estadísticas de contagios, vacunados y fallecidos, en países ricos especialmente, que porcentajes de mares con mareas plásticas, número de especies extinguidas y bosques con árboles talados (y que mueran los orangutanes); ni siquiera aplican políticas de pan o palo, incentivos y desincentivos, enfatizando más bien las liberaciones de impuestos por la importación de carros usados. Escasos gobiernos castigan a empresas culpables de selvas holladas por madereros, o a agricultores pobres que talan y queman (polizontes los cocaleros de la materia prima de la cocaína).
Mientras tanto, como dice el tango, el mundo sigue andando hacia el desastre. EEUU anda discutiendo si habrá un GOP (Gran Old Party) que de Lincoln involucionó a Trump, y si los disidentes, cada vez más corajudos, fundarán un nuevo Partido Republicano para preservar su bipartidismo. Europa se debate entre relajar las medidas contra la Covid-19 y dejar a sus vejetes viajar a las playas españolas, quizá para alegrar ojos y sacudir libidos de antaño mirando majas, o nalgas, o ambos. Su periferia poco a poco se abre a comprar vacunas rusas o liberar vacunas del yugo de las patentes. China melea en su afán de ser la primera potencia mundial, y el resto del mundo poco importa. América Latina hace yunta con la India, aunque sin aviones llenos de ayuda.
Todos los países andan confundidos sobre la causa: el deterioro del medio ambiente, y el efecto: los males que sobrevienen por tal abuso, incluidos los virus con que la naturaleza pasa la factura a la especie humana. En Bolivia, se debate la politiquería palaciega del desempleo, mientras la deuda pública alcanzó niveles alarmantes y azota la nueva ola de Covid-19. En Colombia prosiguen los desórdenes urbanos. Quizá no es por descontento social, sino por desánimo de un pésimo futuro del planeta abusado y su consecuencia pandémica.
¿Será que tienen razón los pregoneros de que “el fin está cerca”, y de filmes apocalípticos de ciudades costeras inundadas, terremotos, tsunamis, erupciones e incendios forestales cada vez más desastrosos, el aire casi imposible de respirar y temperaturas terráqueas extremas den la razón, antes que multar a empresas piolas, chimeneas gigantescas y vehículos contaminantes por sus prácticas abusivas contra el medio ambiente? ¿Será que la pandemia es de nunca acabar, y, de todas maneras, entonces será muy tarde?
El autor es antropólogo, win1943@gmail.com
Columnas de WINSTON ESTREMADOIRO

















