Italianos de dos patrias
En unos casos el amor y, en todos, el desafío de probarse y el asombro de encontrar un sentido a su vida fueron las motivaciones de seis italianos que sienten que aquí está su casa y aportan al país desde sus áreas de actividad, siempre de manera discreta y edificante.
Este artículo está lejos de pretender ser un relato exhaustivo de la presencia de los italianos en Bolivia, cuya historia es más antigua que la República.
Aquí están partes de las historias de seis nativos de Italia, de dos generaciones distintas, que llegaron al país por un determinado período y terminaron quedándose o retornando de manera recurrente. Hay muchos, en todas las ciudades y desde hace mucho tiempo, como puede constatarse en las diversas organizaciones que ellos, inmigrantes, y sus descendientes fundaron en Bolivia.
Los hay muy conocidos, aunque discretos, como monseñor Tito Solari, exarzobispo de Cochabamba, cuyo carisma es una referencia de fe y calidez espiritual entre católicos y no católicos.
Pero hay otros muchos casi desconocidos, excepto para quienes giran en el ámbito de sus actividades, que viven y trabajan aquí y que, como todos los italianos del mundo, celebraron su fiesta nacional el pasado jueves 2 de junio.
Cooperantes
“Hace 48 años que llegué a Bolivia, fue como parte de un programa de cooperación, tenía ya un doctorado. Supongo que pensaba en una estadía temporal. Además, con esa especialidad, habría tenido notables ventajas académicas, laborales y económicas en cualquier potencia”, recuerda Francesco Zaratti, entre otras cosas, catedrático emérito de la Universidad Mayor de San Andrés, exdirigente universitario docente, exalto funcionario público del Gobierno y columnista, desde hace décadas, de Los Tiempos y otros periódicos del país.
“Cada elección implica renuncias. Venir a Bolivia por dos años, que amplié a casi otros dos más, como cooperante técnico, implicó una renuncia a la carrera universitaria en Italia. Tenía esa posibilidad, pero para mí era mucho más importante descubrir un sentido a mi vida”, agrega Zaratti.
Como él, pero décadas más tarde, Valentina Rossi llegó hace 12 años por seis meses.
“Estudié sociología en la Universidad de Edimburgo y después de graduarme, mi idea era seguir con una maestría en Holanda. Pero decidí tomarme un año para hacer un voluntariado. Contacté a un señor italiano que vive en Cochabamba, que se llama Massimo Casari, que tiene una organización que trabaja con niños, les da apoyo escolar. Fue hace como 12 años atrás, lo contacté y le pregunté si podía venir a trabajar como voluntario en apoyo escolar y él me dijo, sí.
Entonces, me vine por seis meses. Fue una experiencia inolvidable: muchas, muchas cosas, muchos planes, mucha energía, muchas emociones, mucho, mucho impacto con la realidad de Bolivia, la pobreza, la niñez.
Eso abrió una nueva etapa de mi vida, me quedé al lado de Massimo y Verónica, su esposa, y Alejandro, su hijo, por seis meses sin pensar que iba a ser mi casa y mi familia por el resto de mi vida.
Ahí conocí a otro italiano que se llama Danilo Gotti que tiene un hogar para chicos con discapacidades, él tiene una casa con más o menos 30 chicos con discapacidades físicas e intelectivas.
Massimo me introdujo a la casa y me dijo: ‘Si quieres aquí también puedes venir de vez en cuando’. Así pasaron esos seis meses entre ambas casas. Mi idea no era quedarme en Cochabamba, pero sinceramente, en esos seis meses que estuve aquí, como que mis ideas ya empezaban a cambiar, empecé a tener nuevas experiencias que me fueron mostrando que lo que quería hacer en Europa ya no era tan importante para mí”, cuenta ella, ahora madre de dos niños y administradora, junto con su esposo boliviano, de un hotel-restaurante en Corani Pampa, donde también realizan, ambos, labores de impacto social para la comunidad.
Stefano Archidiacono tuvo dos motivaciones para llegar a Bolivia, “uno de casualidad y otra que podría definir un poco más político. Existen redes de solidaridad entre Bolivia y mi pueblo natal, Udine, en el noreste de Italia, a los cuales yo me enganché. Monseñor Tito Solari, que era obispo de Cochabamba, es de mi tierra, y viajaba cada año allá y siempre contaba cosas de Bolivia de la situación, de la cultura. En una de esas sus visitas tuve la oportunidad de escucharlo y ahí se me despertó la curiosidad de conocer ese mundo tan lejano que él describía con sus palabras.
La segunda motivación es política, en el sentido de cuando yo me estaba formando en la universidad resonó mucho el tema de la guerra del agua de Cochabamba. Resonó en particular en ciertos círculos de los cuales yo hacía parte que estaban comprometido y trabajando contra la privatización del agua, a nivel mundial y a nivel italiano.
Esa historia me motivó mucho y fue el tema de mi primera tesis. Más tarde pude venir a Bolivia por una propuesta laboral de cooperación internacional”.
Vine a Bolivia, y me quedé porque me sentí muy bien aquí. Al llegar tuve la oportunidad de trabajar con una ONG de Udine, en la que sigo trabajando. Me gustó mucho poder trabajar con diferentes realidades, con comunidades, con barrios distintos. Me fue bien en el aspecto laboral, y eso me empujó a quedarme, pero también hay el aspecto social, cultural, la cultura andina, la de los valles, el carnaval, la cultura de la fiesta, la cultura del compartir, eso hizo que me sienta realmente como en casa, me enganchó.
Y otra de las razones que me impulsaron a quedarme es personal. Aquí encontré un amor, a mi compañera que ahora es mi esposa, la mamá de mi hijo, Sandy.
Yo me siento ítalo-boliviano, totalmente. De hecho, la semana pasada, el viernes 27 de mayo, me dieron la ciudadanía boliviana. Entonces, aparte de sentirme, lo soy legalmente. Pero más allá de lo legal está el sentimiento. Me siento ítalo-boliviano porque cuando vuelvo en Italia siento que estoy volviendo a mi casa, a mi tierra. Y me ha ocurrido después de estar ausente unos años, cuando vuelvo a Bolivia, especialmente a Cochabamba, también tengo este sentimiento de haber vuelto a casa”.
Algo similares son las historias de otros tres italianos, cuyas fotos aparecen en estas páginas, como la de Margherita Tezza, con su tutuma chicha de Cuchumuela. Similares, emocionantes y largas, tanto que el espacio de estas páginas no alcanza para contarlas todas, pero están accesibles en la página web de Los Tiempos.
En todos los casos, el amor , el desafío y un no sé qué indescifrable que les es muy íntimo determinaron que ellos tengan “dos casas: Italia y Bolivia”.





























