Luzmila Carpio, cuando el ayllu potosino conquistó París

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Publicado el 01/04/2024 a las 21h50
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cuando Luzmila Carpio anuncia un concierto es mejor comprar las entradas inmediatamente para no perder la función. Con sus trenzas al viento, su amplia falda y la coqueta bisutería del norte potosino conquista desde sus 17 años los escenarios de Oruro o de París con la misma sencillez que acompaña su voz de alondra. Acaba de llegar de Chayanta, donde bailó en el carnaval como cualquier paisana. Ríe con sonido cristalino cuando cuenta los rumores de las nuevas parejas “robadas” durante las carnestolendas. “Eso se llama pacoma, pero ahora hay pocos jóvenes en el pueblo”.

Ella es así, alegre, sincera, combativa, apasionada por su trabajo y agradecida por los designios que le permitieron difundir la cultura de su comunidad Qala Qala ayllu Panacachi por todo el mundo. Muchos bolivianos todavía no entienden que el ayllu es más que un modo de producción; es todo un sistema que protege a la familia y preserva las costumbres de una milenaria concepción del mundo. 

“A mí me criaron mi mamá, mi abuela y la comunidad porque no hubo papá. Yo apellidaba Sangüeza como mi mamá, pero en la escuelita de Chayanta no querían inscribirme con solo un apellido. ‘Todos sabemos que es hija del Rodolfo Carpio, si no es reconocida, yo misma voy a atestiguar’, le dijo la directora a mi mamá. Así tuve el apellido que lo uso más como apellido artístico. Al final, esa profesora, Ricarda Chavarría, fue mi madrina de confirmación”.

Luzmila comenzó a cantar desde sus once años. “¿Tienes una foto de esa época?”, le pregunté como periodista urbana ignorante de la realidad. Como muchos niños del área rural del siglo pasado, ella no conoció una cámara fotográfica hasta llegar a Oruro, la ciudad más cercana a la provincia Bustillo.

“Mi mamá Fermina era muy luchadora. No quería que mi hermana y yo seamos marginadas como ella. Quería que seamos señoritas. Lo curioso es que yo comencé a cantar y a actuar todo en quechua y con mi vestimenta originaria, calzados y adornos de mi tierra. Decía mi mamá: ‘has resultado más india que yo’”.

El primer disco de Luzmila fue un simple producido por la disquera Lauro. Era parte del conjunto Los Provincianos, acompañada por el profesor Luis García, un chayanteño famoso por sus punteos en la guitarra. Ella le decía “tío” por la costumbre en Los Andes de dar ese parentesco a todas las personas mayores. Julio Tovar rasgaba el charango y Arsenio Ayaviri tocaba la guitarra.

“No tenía la intención de que pusieran mi nombre por delante, pero el sello averiguó y en la tapa colocaron: Luzmila Carpio y Los Provincianos. Así metieron mi nombre desde el principio, tal vez con mucha suerte para una jovencita campesina como era yo y a la vez creando para mí un gran compromiso que trato de cumplir siempre”. Carpio no sabía que el disco había salido hasta que reconoció su voz en la radio que escuchaba una vendedora de una caseta del mercado en Oruro. El huayño se lucía con el tono de tiple de la adolescente. El tema “Siway Azucena” comenzó a sonar en las radios, en los boliches, en las oficinas y en las casas, como ahora se repite con las nuevas tecnologías.

Era 1970. El país vivía otra etapa de turbulencia política, como consecuencia de su propia historia, pero también por las guerrillas de 1967, el movimiento estudiantil de 1968 y la revolución cultural de 1969. En varias ciudades bolivianas aparecían grupos musicales con vestimenta andina. El poncho y el lluchu se pusieron de moda, igual que locales míticos como la Peña Naira. Las películas de Jorge Sanjinés, el teatro de la Alianza Francesa, los conjuntos de zampoñas de Cochabamba, los festivales en Compi fueron parte de toda una movida.

Estudiosos europeos y estadounidenses llegaron para conocer mejor el significado del ayllu. ¿Por qué Macha resistió a sucesivos intentos de dominación de incas, españoles, liberales? Publicaron estudios destacando la fuerza de esa población de “guardatojos y monteras”. Las nuevas interpretaciones antropológicas del carnaval de Oruro revelaban la relación de la música, el baile y la máscara con las luchas de los pueblos originarios. Tristán Platt, Olivia Harris, Giles Riviere, Thérese Bouysse-Cassagne, entre otros, descubrieron el alcance subcontinental de esa cultura, cuyos fundamentos centrales aún persisten.

Radio Indoamérica de Potosí, que difundía las culturas aimara y quechua, la invitó para dar un recital en el famoso escenario del Teatro Cuarto Centenario. “Ahí ya me sentí artista. La gente nos esperaba en la Terminal. Todos querían tocarme. Las mujeres cargando a sus guaguas me rodeaban. Me sentí muy emocionada. En el camino un zorrito nos había cruzado de derecha a la izquierda y eso era signo de buena suerte. Llegamos empolvados. Apenas tuvimos tiempo para prepararnos. El público de tanda nos pedía más y yo seguía cantando, pero la gente de la función de noche protestaba ruidosamente.”

“Ese concierto me hizo dar cuenta que yo podía llevar adelante el canto de las mujeres quechuas, nuestra identidad. Estaba segura de su fuerza y de la importancia de la voz femenina que he heredado de mi pueblo, el tono con el que interpretamos la música en Chayanta. Es increíble que años más tarde con ese mi tono pude unirme al gran concierto Voces por la Paz en el Circo Royal de Bruselas. Cantamos varias mujeres, entre ellas la famosa africana Miriam Makeba”.

Volviendo a 1970, cuando Luzmila retornó a Oruro, el gobierno municipal la invitó para representar a ese departamento en el Tercer Festival de la Canción Boliviana, aunque era potosina. “No importa dije yo; soy de Bolivia”. Tenía que concursar para ser ñusta y las ñustas tenían que tocar diferentes instrumentos. Meses atrás, el sello Lauro también la había nombrado ñusta por el éxito de su disco.

“Un estudiante que estaba con el alcalde me ayudó y en una semana aprendí guitarra, charango, tarka, mozeño, sicus, ensayando desde las siete de la mañana a las ocho de la noche. Ni siquiera almorzábamos. Era en el Teatro Rex de Oruro. Por sorteo, recién salí a las cuatro de la mañana. Había el primer conjunto de mujeres tocando zampoñas y ellas me ayudaron generosamente con el compás. Parecía que todo estaba preparado. Salí, toqué, canté, bailé y gané”

Desde ese concierto, Luzmila Carpio Sangüeza, 69 años, ha recorrido América y Europa como invitada para cantar en importantes escenarios del mundo. También fue una de las más distinguidas embajadoras en Francia, representando al Estado Plurinacional de Bolivia.

“Nunca me he barateado. Vienen a contratarme, les doy mi precio. Algunos me dicen que es muy caro, que hay gente tocando música andina en el metro. Yo les digo: contrátenlos a ellos. Yo llevo mi canto, mi quechua, mi comunidad, mi Bolivia. Prefiero planchar camisas que baratear mi cultura”.

Durante toda su vida se ha esforzado por mejorar su voz, su arte, con mucho esfuerzo. Trabaja permanentemente en el enriquecimiento del quechua para aprovechar el sonido amoroso y poético de ese idioma andino, lengua con la que se comunica mayormente, aunque domina el español y el francés.

“Te voy a confesar cuál ha sido mi mayor reto. Yo tengo una tos crónica pues cuando era niña me hicieron caer al río. Muy tarde supo mi mamá y los curanderos no pudieron hacer mucho para que supere ese gran susto. He estado en balnearios con aguas sulfurosas en Europa; he visitado muchos especialistas; también he consultado medicinas alternativas para curarme. Nadie sabe. Es la primera vez que cuento. Antes de salir a cada concierto tengo que concentrarme mucho para no toser. Un día toso, otro día no, a veces seguido. Hasta ahora no se sabe. Cumplo una disciplina muy estricta para continuar en los escenarios”.

El cariño del público compensa ese compromiso. “Los hablantes del quechua entienden más mis rimas, pero todos los públicos me gustan. Mucho me miman. Fue una sorpresa ver mi cartel con mi foto en las estaciones de metro de París anunciando mi actuación”.

Desde su vivienda en el Barrio Latino de la Ciudad Luz, Luzmila contemplaba el Arco del Triunfo como un Apu, una montaña. “Me invitaba a mí misma a pasear. Yo también voy a triunfar, me decía. He vencido porque me he impuesto desde mi primer concierto la misión de representar al ayllu, a mi comunidad quechua, a mi país Bolivia”.

“Mi nuevo disco Inti Watana, el Retorno del Sol, ha recibido comentarios y artículos en muchos medios internacionales, inclusive la BBC Radio, Radio France, Billboard en español, en la revista Rolling Stone, en medios de Italia”. Carpio preparó a otras niñas potosinas que también se lucieron en grandes teatros europeos y en el Teatro Municipal de La Paz. Sus actuales músicos son argentinos.

Altiva como una vicuña y alegre como una chayñita es una potosina vencedora de todos los obstáculos.

Sin embargo, en medio siglo, Luzmila Carpio nunca cantó para el público en Santa Cruz de la Sierra. “Tampoco he tocado en Trinidad. Ojalá se dé una oportunidad. Mi música se entiende fácil. Espero recorrer todo mi país”.

 

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