Pocona: un eterno asombro
Texto: Norman Chinchilla
Pocona es un pueblito al que se llega desde Cochabamba al final de un viaje de unas dos y media horas. El trayecto se inicia por la carretera antigua hacia Santa Cruz y a 122 kilómetros de la ciudad está el cruce donde comienza el camino empedrado.
El pueblo está a una veintena de kilómetros, al final de ese camino empedrado que atraviesa varias quebradas, comunidades, caseríos... en medio de un paisaje cuyos colores cambian a medida que se avanza: plantíos de papa, trigo, maíz, cebada...; arboledas de eucaliptos, molles, quewiñas... de pronto, un viñedo.
La vía zigzaguea, sube, baja, fluye en línea recta entre praderas, bosquecillos, sembradíos. El sol brilla reflejado en la superficie pulida de los cantos rodados que revisten la plataforma. Arriba, el cielo parece ser cada vez más azul, y más blancas las pocas nubes suspendidas en la altura.
Abajo, aromas felices del campo sorprenden al olfato citadino: eucalipto, algo como menta, molle... ¡caramelo! “No es caramelo, son estos jazmines”, corregirá más tarde Maira Aguanta, responsable de Desarrollo Humano, Cultura y Turismo del municipio de Pocona, mostrando unas minúsculas florecillas blanquecinas agrupadas en forma de semiesfera, y que rematan, por docenas, los delgados tallos de un arbusto ampuloso, fragancioso...
Al final del camino empedrado: el pueblo de Pocona. El ingreso, una calle angosta donde la atmósfera silvestre parece transformarse en otra más doméstica: el aire es menos inquieto, la gente saluda, gentil.
Al final de la calle: la plaza del pueblo. El tiempo parece en espera. En los cuatro lados de su cuadrado, inmensos, generosos, añosos chillijchis estiran sus gruesas ramas como gigantes desperezándose de un sueño secular. “Los sembró Gaspar de Peramás”, dice con cierto orgullo Rubén Coria, secretario general del Gobierno Autónomo Municipal de Pocona.
Ese Gaspar de Peramás, al que se refiere Coria era un conde español, de la época colonial, enamorado de estas tierras, y también de Totora, donde escuchamos nombrarlo por primera vez.
Difícil no enamorarse de este lugar. Desde la plaza de Pocona, el paisaje es sobrecogedor, verdes y tupidas montañas regalan sus suaves y ondulantes formas. “Si se mira bien, se pueden ver rostros y formas de animales que se comunican de un extremo al otro”, cuenta una orgullosa habitante del lugar.
En Pocona, las montañas tienen voz y se comunican, por tanto, se debe prestar atención a la suave brisa que mece y transporta las voces ocultas de esos gigantes dormidos.
El municipio es grande y dispersos los lugares atractivos para visitar. Así, se impone una elección: Incallajta, el legendario sitio arqueológico, y el cañadón Yana qaqa, muy cerca del Parque eólico de Qollpana. Lo antiguo y lo contemporáneo, como siguiendo lo que proclama el lema del municipio: “Un encuentro con el pasado para caminar el presente”.
clg_4751.jpg

Incallajta
La ciudadela incaica está a poco más de 50 minutos desde el pueblo de Pocona, en la ladera de una montaña donde se llega por un camino sinuoso que bordea, en parte, la quebrada del río Majchamarca y pasa por algunas comunidades.
En el ingreso al sitio, un centro de atención al turista, abierto en permanencia, facilita un mapa del lugar y ofrece albergue a los visitantes.
El sitio está correctamente señalizado, en el sendero del recorrido existen paneles explicativos que ayudan a entender lo que se cree que fue este lugar portentoso: un conjunto de construcciones que hace pensar a un complejo multifuncional.
La kallanka se llama el edificio más importante del sitio. Por sus dimensiones: 76 metros de largo por 28 de ancho, y unos ocho metros de alto, se diría que fue algo así como un coliseo polifuncional actual, pero sin graderías. El lugar es inmenso. E incluso en ruinas, es imponente y de una armonía evidente en sus proporciones: el ancho es cerca de la tercera parte del largo. Está construido con piedras irregulares, pero de formas poco angulosas, y alguna argamasa cuyo principal componente es barro.
El muro de uno de sus costados más largos está pegado al flanco de la montaña, el del frente no tiene apoyo alguno y no es completamente vertical: se inclina con un ligero ángulo hacia el interior de la edificación. Es una inclinación uniforme en toda la longitud del muro, ningún accidente o aflojamiento del terreno. Eso fue construido así para soportar bien la techumbre, aplicando un principio simple de física: el de la distribución de las fuerzas. Y ¿cómo estaba sustentado el techo? Eso es un misterio.
Transitar la ciudadela de Incallajta permite revivir los pasos y actividades de los habitantes del período incaico. El pasado y el presente se funden y en cada plataforma o recinto se imagina el esplendor de perdidos tiempos. Los restos arqueológicos de Incallajta son un escenario donde la historia se revela de forma natural e intensa.
Parte de ese recorrido pasa por la cascada Phajcha Wayqo: una caída de unos 60 metros por donde el agua se precipita como gotas de cielo transparente, con una fuerza que golpea la piel estimulándola, fresca como un soplo de vida.
clg_5178.jpg

EL CAÑADÓN
El parque eólico de Qollpana está al este de Incallajta, a poco más de 40 minutos de viaje desde allí o del pueblo de Pocona. Partiendo del cruce con la carretera asfaltada queda más cerca, a menos de 10 minutos.
Antes de llegar, aparecen las inmensas aspas, triples, de las torres eólicas, girando lentamente. Es una quincena de gigantes de un solo pie, fijos en una extensión como de unos 20 manzanos. El viento, allí, no tiene pausa y corre con fuerza, silbando entre los arbustos, donde los hay. Siguiendo el camino que lleva a las torres se llega a un río, un puente metálico y el acceso al cañadón de Yana qaqa, un portento natural, un desfiladero de más de un kilómetro de largo, de un ancho que varía entre 20 y 60 metros y cuyo muros de roca, verticales, hermosos en sus formas y colores, tienen más de 50 metros.
Desde el borde del farallón, el paisaje es imponente, salvaje, magnífico. El viento corre como un bólido, casi rugiendo en su paso por el cañadón. Prodigiosa, la energía del lugar emociona, hasta el vértigo... o las lágrimas.
Una bandada de loritos de frente roja juega con el viento entre los arbustos que crecen en la pared del frente. Su alegre bullicio alivia el impacto de ese encantamiento. Y lo completa.
clg_5523.jpg

PORTENTOSO
AI tacto, las piedras reposan tibias y silenciosas, los bloques de múltiples tamaños salen al paso formando el área militar, el área administrativa, la muralla escalonada, los silos de almacenamiento, la piedra del sacrificio...
PRÓDIGA EN ASOMBROS
Las juguetonas y finas gotas de la cascada Phajcha Wayqo humedecen la atmósfera con una tenue nube que empapa y refresca, las ruinas sorprenden, el cañadón es un sobrecogimiento feliz.



























