Una agenda de autoreforma universitaria
¿Cuáles son las fuentes de afincamiento conservador de la universidad pública que frenan su Autoreforma? ¿Cuáles son los motivos para que una institución dedicada a producir y reproducir cultura, pueda anclarse en su vieja memoria y repetirse sin inmutarse frente a los cambios de nuestro tiempo? En todo caso, las preguntas de fondo son: ¿Cuáles podrían ser los caminos de la Autoreforma Universitaria? Si la universidad perdió el papel que cumplía en la sociedad y como parte del Estado boliviano: ¿Bajo qué parámetros y cambios relacionales debe transformarse o auto transformarse, y en qué dirección debe hacerlo? ¿Las políticas de evaluación y acreditación son un acto de legitimación de sus prácticas en concordancia con la comunidad académica internacional? ¿Las universidades públicas deben atender las necesidades de esa comunidad científica internacional o deben volcarse hacia las necesidades de la población nacional mayoritaria? Plantearse estas preguntas tal vez puede ya ser un primer paso de Autoreforma Universitaria.
Según Renato Dagnino, un especialista brasileño, “nuestros países exportan materia prima con muy poco valor agregado y los sectores económicos que se benefician de esas exportaciones ya no necesitan el producto de nuestras universidades. Para ellos las universidades son un lujo. Perdimos nuestro papel en esa economía y nos quedamos sin brújula, sin poder encontrar nuestro norte. Lamentablemente, esto no es percibido por las fuerzas políticas universitarias que pierden prestigio y pierden capacidad de convencimiento y reiteran las mismas respuestas como si nada hubiese cambiado”.
En ese sentido, construir una agenda para el cambio universitario podría comenzar por plantear una agenda interna que nos encamine a la Autoreforma. Esto quiere decir –para empezar–, cuatro cosas básicamente: 1) la Reforma Universitaria debe plantearse como una Autoreforma, con actores locales que reflejen las demandas de la sociedad y de la propia cultura universitaria. Está claro que el Estado no tiene interés en debatir la reforma de la educación superior, la ley 070, sólo ha creado un sistema paralelo de educación superior que patalea en condiciones precarias, pues no se puede reinventar la pólvora en esas condiciones, y más aún para un país con necesidades vitales no satisfechas como el nuestro; 2) a su vez, la agenda tendría que enfatizar que las universidades tradicionales y privadas deben detenerse en sus emulaciones –poco productivas– por perseguir el desarrollo cientificista de occidente. Está visto que no somos sociedades del conocimiento, en el sentido que se plantea en el “primer mundo”. A lo sumo, consumimos conocimiento, no lo producimos. Pues la era de la información actual abarrotada, no es precisamente la del conocimiento. ¿Entonces, qué debemos hacer?; 3) mientras formamos, debemos desarrollar proyectos de investigación dirigidos a las demandas del conocimiento local y el de las instituciones de la sociedad, es decir –sin caer en el papel de meros consultores externos–, podemos ayudar a construir un pensamiento propio que esté íntimamente ligado a la creatividad, a la solución de problemas prácticos y conceptuales, a la construcción de un pensamiento científico que nazca de nuestras propias contradicciones y necesidades; 4) en este punto está anclado el nudo más difícil de resolver: la vieja estructura administrativa y política de la universidad pública. En otras palabras, ¿cómo cambiamos la base dura de la organización para facilitar los cambios que nos proponemos? Esta vieja estructura sólo puede ser sustituida por una base colegiada de profesores y estudiantes, que le devuelvan su función “natural” a la universidad. La base de la universidad colegiada tendría que ser el docente-investigador que realiza las funciones propias de la universidad académica, y si realiza tareas administrativas lo hace en honor a sus tareas científicas. De ese modo, lo académico no se subordinaría a lo político, y las autoridades no necesitarían clientelas que los sostengan. En otras palabras, el docente-investigador a tiempo completo debe convertirse en la base de la nueva universidad académica e investigativa, apuntado en la franqueza y transparencia de una cultura meritocrática por oposición al ethos de corporaciones organizadas con profesores eventuales.
Estos cuatro puntos señalados, están interrelacionados y obedecen a una racionalidad de seguimiento de las fricciones cada vez más fuertes entre la vieja y la nueva cultura universitaria por construir, que se sensibiliza en el marco de una Reforma, o en todo caso, en el ámbito de una Autoreforma, que no signifique un acto de sordera a las demandas de la sociedad.
El autor es profesor de la UMSS.
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