La barbarie estilizada
El ejercicio del poder en el proceso de cambio se manifiesta en escenas: 1) La instalación en el poder de un nuevo populismo teñido de Movimientos Sociales (MS) en deuda e idolatría con un regalo del cielo: el Jefe estatutario que se relaciona con el pueblo de manera inmediatista acaparando los enclaves de la autoridad entre clientelas y parentelas; 2) Un Estado enfermo de estatismo que dispone los recursos públicos discrecionalmente en beneficio de camarillas, de criptoprofesionales y de agitadores adictos al régimen que generan para sí ingresos ocultos a través de la corrupción grupuscular; 3) El uso de la justicia y de los aparatos represivos del Estado (Policía y FFAA) como instrumentos punitivos de persecución y la reconversión de la Contraloría y del Ministerio de Transparencia en tanto dispositivos especializados en torturar los datos hasta que confiesen (especialmente cuando los amigos se convierten en enemigos); 4) La propagandización abusiva del régimen que fabrica en la figura del Presidente la del Gran Benefactor y en la del Vicepresidente la de un Smart de “talla mundial” que escribe con tinta invisible y en papel transparente; 5) Un sistema social paralizado por el miedo reverencial, por las prohibiciones explicitas de hacer política, de criticar y de hacer pensable un otro modo de transformación del Estado Plurinacional; 6) El estadio ultimo del poder en escenas se presenta como un vacío, dado que el campo de la oposición no sólo peca de inoperante sino también de frívolo en tanto su devoción al sex appeal, de candidatos y candidaturas que se cooptan entre ellos o se venden en acuerdos baratos a los de arriba.
Admirable perspicacia la de los populistas que han sabido construir un proceso de cambio basado en la supremacía de los MS, en las reacciones emotivas del pueblo y la incuestionable soberanía popular. Digamos que los MS sindicalizados es el nuevo descubrimiento para hacer de la voluntad popular lo que le venga en gana acorazados de una agresiva y poco original ideología justiciera y moralista y una nada convincente palabra fetiche “la derecha” que pone en práctica una maniquea gimnasia de diabolización del enemigo cuando les conviene.
Idealizados como están, el pueblo y el jefe, son los únicos con derecho de transgresión de la ley y de cometer excesos de poder. El pueblo de los MS con frecuencia se muestran transfóbicos atacando a cuanto enemigo puedan inventar a la vez que tienen la necesidad de glorificarse a sí mismos; la desmesurada propaganda oficial configura un imaginario social en el cual los principales dirigentes del Gobierno son autores del milagro económico e insustituibles garantes del excedente repartido socialmente pero también empleado en la dominación represiva; se trata de un intercambio político donde esos favores que el Estado le confiere al pueblo pueden prolongarse indefinidamente a cambio de que se les confiera poderes ilimitados.
La temporalidad antipolítica es lo que caracteriza a los populismos (hacer promesas inmediatistas sin críticos ni opositores y abandonar el largo plazo como utopía); si los tiranos totalitarios y su barbarie prometían a sus pueblos un futuro radiante y de felicidad matemáticamente infalible, el socialismo del siglo XXI promete a sus pueblos liberación, descolonización, vivir bien; repitámoslo, en una relación onírica entre el jefe estatutario y su pueblo que cada vez le exige más.
La barbarie estilizada no es más que la crueldad que lleva consigo una nueva forma de fascismo disfrazado de un socialismo terriblemente represivo en pleno siglo XXI. La barbarie del viejo fascismo marcado por el misticismo y el culto a la personalidad se estiliza con el particularismo etnicista, nacionalista, patriotero, descolonizador; exaltador de las tradiciones y del magnetismo ejercido entre el jefe y sus agitadores a menudo hechizados por el fuerte olor del dinero y dispuestos a asegurarse el ascenso social rápido con cínico realismo, en medio de una elegante prepotencia que desliza afecto con sus seguidores y desata odios contra sus críticos. Como toda barbarie vieja o nueva esta siempre es paradójica porque conlleva procesos deleznables y a la vez admirables.
La barbarie se estiliza con discursos de sociedades liberadas y mejoradas, poco realistas e impracticables, llenas de dogmas, pero muy agresivas en el accionar del Gran Benefactor y los bien pensantes guiados por el Smart de notoria impopularidad. La barbarie estilizada no significa más que un orden basado en la intimidación, es la reafirmación en “tiempo real” de la superioridad metafísica del Estado anticolonial, un nuevo intento de liberar al pueblo, de guiarlo hacia un futuro de felicidad mediante una dictadura sin golpe de Estado, con terapias comunicacionales permanentes y sesiones diarias y en vivo del profeta que se cree capaz de cumplir el sueño de las masas a cambio de un cheque en blanco.
Hasta aquí la narrativa del poder en escenas del proceso de cambio muy bonita; pero no faltan los aguafiestas mal intencionados (que no son precisamente de la derecha ni de CNN) que insisten que no se pueden satisfacer todas las demandas, caprichos y prebendas de los MS simultáneamente ni tampoco se puede vender indefinidamente la ideología del Estado como una compañía de seguros de vida de responsabilidad ilimitada.
El autor es Docente Emérito de la UMSA.
Columnas de MARCO ANTONIO SAAVEDRA M.



















