Inconcebible
¿Acaso vivimos en un vergel? ¿Qué queda de ese “paraíso terrenal” que era adornado por lagunas rodeadas de sauces? ¿Qué pervive de ese entorno privilegiado donde abundaban los chillijchis, las tipas, la variedad de arbustos de colores? ¿Qué queda de los jacarandás y su alfombra de flores, dónde está la reconfortante sombra de los molles? ¿Dónde se oculta el canto de los chiwalos, de los chingolos, de los cabecitas negras, de los cortarramas, de los tordos músicos? ¿Dónde se esconden las mariquitas, las libélulas, los cortapelos, las waka-wakas, las luciérnagas? ¿A qué rincón se fue el manto blanco del Tunari, qué pasó con las kewiñas y sus nidos de monteritas?
Hoy sobrevivimos en una horrible selva de cemento. Los árboles, cada santo día, son arrancados, talados, quemados, mutilados, dañados. El Parque Tunari se va convirtiendo en un cementerio de suelo chamuscado, sobre sus cenizas van proliferando construcciones lúgubres, como mortajas.
Y como macabro consuelo, a título de “áreas verdes”, nos van llenando de efímeras florcitas que conforman infantiles “figuras”, de ficus atrofiados. Nos saturan de estridentes lucecitas “navideñas”. Macabro consuelo, señores, porque no se trata de que nos asuman como niñitos, porque los niños también son seres pensantes. En realidad, parecen concebirnos como imbéciles, dóciles, sumisos ciudadanos.
Y como no somos imbéciles, dóciles o sumisos, los ciudadanos hemos reaccionado, señores. Al no contar con las autoridades que dicen representarnos, como no es posible confiar en instituciones endebles y corrompidas, nos hemos organizado para defender nuestros derechos colectivos. Nos movilizamos para resguardar el derecho a la vida, al aire limpio, a la lluvia, a la sombra de los árboles. Y, ¡oh pecado!, ¡oh ofensa!, ¡oh provocación!, incluso, nos hemos atrevido a plantar árboles en un parque.
¿Para qué? Para sufrir amenazas y soportar calumnias e insultos. Para vivir en carne propia la sordidez, la estrechez, la envidia de propios y extraños. Para contemplar cómo rompen los plantines, cómo usan cual basurero las dulces lonas que colocamos para proteger a los arbolitos, cómo destruyen los letreros con los que, ilusos, pretendimos darles voz a los sin voz. Para presenciar cómo arrancan los árboles para reemplazados por las mismas, las consabidas florcitas efímeras y tristes.
Me cuesta comprender qué nos pasa como colectividad, qué hecatombe social y cultural nos rebasa, qué interviene para que no sólo seamos incapaces de reaccionar, actuar y cambiar, sino que cuando otros lo logran, nos demos a la tarea de serrucharles el piso, de intentar echar abajo lo poco que pueden conseguir los esfuerzos ciudadanos, de hacer que en esta ciudad, Departamento y país, la convivencia sea aún más mezquina, más apremiante, más insostenible.
¿Acaso no tenemos suficiente?
La autora es miembro del Colectivo “No a la tala de árboles”.
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA


















