Desolación
Con la esperanza seriamente malherida, advertimos de que la articulación hegemónica difícilmente se inclina por los eslabones más débiles, en este caso, nosotros, pinches, ingenuos, románticos ciudadanos amantes de la naturaleza, de sus seres vivos y del moribundo paisaje del valle cochabambino
Meses atrás, escribí sobre el derecho humano a la soledad enfocándome en la soledad femenina, tan punida socialmente. Buscando profundizar este tema, me topé con un artículo de Marcela Lagarde en relación a las diferencias entre la soledad y la desolación. Sin entrar en detalles, se refuerza la idea de que la soledad es un estado maravilloso y necesario para el ser humano. La desolación, en cambio, se remite a la indefensión, a la orfandad. Y no se me ocurre mejor ejemplo de esas sensaciones que el efecto que genera la tremenda asimetría entre la ciudadanía y el poder en Bolivia.
Estudios recientes revelaron que en el país hay miedo y reticencia en la población respecto al ejercicio ciudadano activo. El ejercicio ciudadano activo, hace referencia a lo que implica el cuidado comprometido y desinteresado del bien común, más allá de provechos particulares, gremiales, individuales. Nada más lejos a ese estercolero de mezquindades del cual adolece, históricamente, la función pública en este país y que procura infestar, muchas veces con éxito, a los organismos civiles como sindicatos, gremios, etc.
Por ende, el uso y abuso del poder está acostumbrado a una ciudadanía mayoritariamente adormecida, acrítica, dócil y que sólo despierta cuando se ven directamente afectados sus intereses particulares y que, en algunas ocasiones, son sencillos de contentar con pegas, dádivas, sobornos. En consecuencia, el ejercicio ciudadano activo, en Bolivia, suele ser combatido desde las esferas estatales, y temido y cuestionado por los que aceptan, sumisamente, su propia subyugación.
Hace unos días en Cochabamba, un Colectivo ciudadano, vecinos y profesionales ambientales, cuestionamos la construcción de una infraestructura de cemento en una de las pocas lagunas urbanas que quedan en Cochabamba, un ecosistema vulnerable pero no por eso menos importante para la región. A pesar de contar con argumentos racionales, sólidos y enriquecidos con los aportes de los profesionales e instituciones académicas más importantes de la ciudad, ello fue motivo no solamente de la soberbia e indiferencia edil, sino de una especie de escarnio social. Aunque en más de una oportunidad tuvimos el “atrevimiento” de solicitar una discusión del tema en el marco de un debate abierto, respetuoso y público, nos encontramos en un contexto en el que soportamos insultos, difamaciones, chicanería, hostigamiento. Nos constituimos en blanco del ninguneo y de la información parcializada de algunos de los medios de comunicación (especialmente los televisivos) y de la mofa y recriminaciones de personas a las que les incomoda el legítimo y democrático cuestionamiento de las decisiones que afectarán a todos. Fuimos tildados como “mentirosos”, “extremistas”, “antisociales”, de velar por intereses egoístas, nos vimos en medio de la guerra sórdida que traen los cálculos político-partidarios entre fuerzas rivales y hasta, en el colmo del cinismo, nos culparon por delitos ambientales que abundan en el país, cual si fuera obligación de ciudadanos voluntarios el arreglar las trastadas de las gestiones imprudentes y ecocidas. ¡Y todo por la tentativa de velar por el cuidado y responsabilidad sobre un patrimonio natural, parte del bien común!
Finalmente, con la esperanza seriamente malherida, advertimos de que la articulación hegemónica difícilmente se inclina por los eslabones más débiles, en este caso, nosotros, pinches, ingenuos, románticos ciudadanos amantes de la naturaleza, de sus seres vivos y del moribundo paisaje del valle cochabambino. Caímos en cuenta de que si en algo están de acuerdo los moros y cristianos del poder es en la priorización de espectáculos deportivos frente a la agonía de una de las ciudades más contaminadas de América Latina. En otras palabras, nos percatamos de que estamos desolados.
La autora es socióloga.
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