Pérdida de enfoque
La construcción es visible, tangible y notoria, y parece que es inherente a la naturaleza humana el hecho de dejar una obra tangible, para que otras generaciones se maravillen ante estatuas y edificaciones.
Pero la misma tiene una fecha de caducidad y no necesariamente es signo de progreso.
Un ejemplo proviene de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, y sólo una de ellas se mantiene en pie, son las Pirámides de Egipto, en tanto que las ideas como la democracia o la filosofía, y el desarrollo humano, provenientes de la Antigua Grecia, continúan prevaleciendo hasta el día de hoy.
Sin embargo, a pesar de las grandes y descollantes virtudes de la democracia, y el hecho de creer que vivimos en un régimen democrático, son los grandes monumentos los que vienen marcando la última década de vida del país.
No es casual que en el área deportiva, destaquen los stadios y pistas atléticas construidas para los Juegos Suramericanos y en la vida política despunte el nuevo Palacio de Gobierno.
Es así que la construcción se ha convertido en el nuevo tótem, en detrimento de las personas.
Deportistas abandonados, profesionales con bajos salarios o artistas olvidados son el pan de cada día. Y el menoscabo no proviene sólo del Estado, parte del sector privado hace lo propio.
Las universidades hacen alarde de sus instalaciones, nuevos edificios, campus o equipamientos especiales, pero poco o nada dicen sobre su plantel docente o el tipo de beneficios que prodigan a sus estudiantes.
Construir hacia afuera aparenta ser signo de progreso y avance, pero nos estamos olvidando que lo más importante y trascendente es construir hacia adentro, desarrollando a las personas, perfeccionando a la cultura organizacional e invirtiendo en talento humano, ya que de ahí surgen los verdaderos indicadores de progreso.
Países con poca extensión territorial tienen mayor cantidad de premios Nobel, por metro cuadrado, que grandes edificios o canchas polifuncionales, porque han tomado la decisión de destinar sus fondos a la educación y salud, antes que al hormigón y al asfalto.
A puertas del inicio de los Juegos Suramericanos se hace indudable que estamos cruzando los dedos y recolectando tréboles de cuatro hojas, para atraer a la suerte y pedir a todos los santos que obtengamos un puesto decente en el medallero internacional. No porque no tengamos buenos atletas, sino porque éstos han sido olvidados por quien puso mucho dinero en infraestructura física y nada en la mental. Porque pensó que es mejor invertir en la cáscara, que en el interior.
La autora es magíster en comunicación social y periodista.
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