Santa Cruz, como la recuerdo
Corro el riesgo de repetirme, como en ágapes de viejos amigos que se enfrían con cerveza o con café caliente, contando los mismos chistes y los mismos chismes de época pasada. Eran tiempos de maizales y cañahuecas en centena de cuadras de caminatas talón planta punta hasta mi escuela, homóloga valluna de la que me domó en cuatro años iniciales en Riberalta. Mi finada madre tenía el buen tino de enviarme a Santa Cruz de la Sierra en las vacaciones de invierno, no sé si por librarse de un travieso púber o por imbuir una desconocida conciencia social al convivir con parientes pobres en predios sitiados por arenales y si llovía, de barriales, cercados de espinosos “cuguchis”.
Mis tíos moraban en El Trompillo, aeródromo adyacente a la base aérea, entonces con su pista regada de aviones Stearman de dos alas, y pozas abandonadas, supongo, al construirla. Era prohibido entrar, pero tanto mejor la adrenalina de halar alambre de púas para ingresar a nuestras piscinas y refrescar desnudeces en el agua turbia. Temprano asomaba la lujuria al esculpir féminas de arena y penetrar oquedades imaginarias al asolearnos.
No había televisores, por lo que imagino que yo completaba la media docena de primos, que cual cachorritos hambrientos degustábamos vísceras asadas que aún me saben a gloria. Igual las cañas de azúcar que intrépidamente bajábamos de camiones en camino al ingenio: entonces eran tan gruesas como nuestras canillas. “Canchear” era verbo inventado para rellenar bolsillos escasos de monedas: cargar maletas en la terminal aérea era una forma de ganarlas; la otra era chupar gasolina de turriles y llenar tanques de aviones Curtis del correo aéreo brasileño. Armamos un circo, donde un primo era el atleta equilibrista, una prima la trapecista y yo el cantor de boleros de Javier Solís; los niños menores hacían de payasitos, que llamábamos “tonys”, pero el escaso público estaba tan en la inopia como nosotros.
Quizá mi niñez se cruzó con la historia, cuando llegaron camionadas de campesinos vallunos armados de fusiles Máuser y prejuicios contra los locuaces cambas. Corrí a la plaza Principal, donde días antes se pavoneaban gallardos jóvenes con rifles “salón” colgando de un brazo y bellas damitas apretando el otro. Mucho después me enteré de un Terebinto que aun ronda el imaginario cruceño. Hoy el atropello asesino se llama Porvenir.
Cambia, todo cambia. La sencillez cruceña se volvió soberbia cuando un visitante ferial me recordó que estuve cerca de ser millonario: por una bicoca vendí un terreno de 28 hectáreas en la cota del sexto anillo, cercano a predios de un lujoso country club. El altanero cruceño me enrostró que ahora valía millones.
Santa Cruz de la Sierra ya no era la aldea de carretones enfangados, donde las damas no hacían asquitos de que un fornido camba las salvase de embarrar sus zapatillas, cruzándolas en la espalda por un peso –“mono” lo llamamos– de una acera a la otra en el paseo dominical. Pocas casas con horcones quedan, donde mi abuelo de baño vespertino y traje de lino blanco chocó contra uno por mirar las redondeces de una bella. Rasguñado y moreteado, retornó a la casa achacando la desgracia a sus años; infelizmente, no faltó una chismosa testigo del incidente.
Es una urbe cosmopolita de varios cientos de miles de migrantes donde coexisten paceños, orureños, potosinos y cochabambinos, (amén de unos 20 mil riberalteños), salpimentadas por argentinos, paraguayos, brasileños, menonitas y uno que otro sikh hindú con turbante que cubre una luenga cabellera. Es real crisol donde se fragua la nueva Bolivia, aunque algún recalcitrante cuente ángeles en cabeza de alfiler atribuyendo su progreso a unos o a otros. ¿Importa acaso que prósperos venteros altiplánicos desfilen bailando sus morenadas en lujosos atuendos? ¿Es digno de mención que niños chiquitanos hayan logrado fama con orquestas que reviven partituras del Barroco Misional de utopías de misioneros europeos? La planificación sesentona en cuatro anillos tiene ahora una decena, con ciudadelas de migrantes que se han tornado en botines políticos. Mantengo la convicción de que su empuje ha cambiado el centro de gravedad de la nación.
Ahora soy dueño de saudades, aunque a veces se humedezcan mis ojos de nostalgia. Sigo yendo a su hermosa Plaza con la estatua de Warnes con el hueco ya tapado de un balazo. Bebo una taza de café mientras me lustran los zapatos, y cual si fuera un pajarito herido soplo el culito al culto de la tertulia, como tal vez hiciera en otros tiempos mi añorado abuelo.
El autor es antropólogo.
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Columnas de WINSTON ESTREMADOIRO




















