Tan solo llorar no es suficiente
No hay boliviano que no hubiese sentido como derrota propia la de Evo Morales al pronunciar sentencia de la Corte Internacional de Justicia (CIJ). La derrota nos recordó aquella otra de 1883, cuatro años después de la invasión del 14 de febrero de 1879, o la que sobrevino a la claudicación de 1904 con el tantas veces aludido Tratado de Paz y Amistad y es que el 1 de octubre, tan lejos como Holanda resulta ser el escenario de la tercera, la vencida derrota que nos deja para siempre sin mar.
Así las cosas, ¿qué importa identificar a los autores del fallo, el costo de las gestiones, o en qué nos equivocamos? Todo resulta superfluo, vano, sin sentido cuando la contundencia es tal y es inapelable, aún cuando el pensamiento de la injusticia subsiste con fuerza, indeleble, en el alma boliviana. De modo que aquella guerra iniciada por Sotomayor al arriar la bandera tricolor en la Plaza de Armas de Antofagasta, guerra que destruyó pueblos y arrasó con sus pobladores, y que duró largos cuatro años queda poco menos que “justificada por una corte de 15 doctos” que en lugar de poner el énfasis en los horrores de la guerra, de sus consecuencias, del enorme e incalculable daño moral, físico, financiero e irreparable causado por Chile contra Bolivia y Perú, está plenamente justificado y aceptado como sanción inefable contra los débiles de parte del más fuerte.
Extraño hasta el extremo que los doctos convocados en nombre de la humanidad (la CIJ pertenece a la ONU) de ignorar, al punto de no mencionar los horrores de la guerra y de las conquistas alcanzadas por sus victorias, hubiesen focalizado su análisis que les llevó cinco años, en negar la obligación chilena de discutir y encontrar un acuerdo con Bolivia.
Como la cenicienta del cuento “Bolivia arrinconada en la cocina señorial solo tenía para sí su pureza y su belleza original” las avarientas hermanastras además de convertirla en piltrafa humana le arrebatan al príncipe que terminó por elegirla para su consorte. A diferencia de la saga, Bolivia no ha encontrado todavía al poderoso señor que, con el zapato de cristal en la mano, arrancará a la Cenicienta de la pesadilla que soporta.
¡Qué destino! Difícil de entender por más que uno rebusque en toda la gama de historia que Bolivia ha recorrido en estos 200 años de vida republicana. Que estas horas de reflexión y pensamiento nos ayuden a encontrar nuestro destino!
El autor es periodista.
mauricio.aira@comhem.se
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