La cultura y nuestra derrota
La escena se desarrolla en Achumani (el equivalente de Cala Cala en Cochabamba o a Equipetrol en Santa Cruz). Concretamente en una tienda de embutidos. Llega apresuradamente una señora de más de cinco décadas, blancona y vestida casualmente (era fin de semana). Me mira, me saluda y me dice: “qué le parece señor. Con este gobierno de mierda estamos perdidos. Va a creer usted que con Evo ahora todos somos iguales. Va a creer que un llocalla del minibús se ha atrevido a contestarme”. No sé si reírme o llorar y guardo un silencio que no es parecido a la estupidez sino que pretende ser lo contrario.
Mi compañera en cambio sin darse la vuelta le espeta: “es que señora todos somos iguales, todos”. La señora no responde y se va como comprendiendo que en ese escenario su diatriba no tendrá seguidores.
Esta historia no tiene un mes de antigüedad y resume una parte de la tragedia boliviana: creer que hay gente que es más que los otros por un tema de apellido, color de piel o cultura. De ser brasileña esa persona seguro hubiera votado por Bolsonaro.
Y ya que hablamos del presidente electo de Brasil ¿Cómo entendemos que haya bolivianos que se alegren de que haya sido elegido alguien que desprecia a las mujeres, a los gay, a los negros, a los indios y a los migrantes a los cuales trató como escoria? ¿Acaso no hay centenares de miles de bolivianos en aquello que Jair Mesias considera escoria?
Le he dado vueltas y siento que la batalla culturas la vamos perdiendo. Como humanidad. No importa cuánto avancemos en derechos estos parecerían volverse contra quienes creemos en la equidad. Y se vuelven en forma de voto. No me cabe la menor duda de que Bolsonaro tendrá más problemas que jardinero golpeando un panal de abejas con un palo. Y que 50 millones de opositores le harán la vida imposible.
Lo que me preocupa de verdad es la mentalidad de los 57 millones que sí votaron por él, de las mujeres que lo apoyan, de los gay que lo soportan, de los negros que lo aplauden.
Puede atacarse a Evo por lo que piensa o por las obras que hizo o dejó de hacer, pero atacarlo porque es indio o porque ha ayudado a construir un mundo de iguales, es un absurdo que muestra que no hicimos lo suficiente para que alguna gente cambiara en su cabeza.
Un día, la mayoría de los humanos más o menos instruidos creía que la tierra era plana. Tardamos un poco en que vieran la realidad. Así pasará con los derechos de las minorías y de las mujeres. Mientras tanto “Aquí nadie se cansa” “Aquí nadie se rinde” hasta que todos tengamos los mismos derechos. Hasta acabar con la discriminación. Hasta logar que nadie te insulte por qué piensas diferente.
Columnas de JAIME ITURRI SALMÓN




















