Tucabaca y la devastación de nuestra Amazonía
Una serie de temas que durante las últimas semanas han merecido atención destacada en la agenda informativa nacional, han vuelto a dar un fuerte sacudón a la consciencia colectiva sobre nuestra actitud ante la salud de nuestro medioambiente. Entre los muchos casos a los que nos referimos, se ha destacado el relativo a la pugna entre quienes defienden la reserva forestal del valle de Tucabaca, en Roboré, y quienes apoyan a la Comunidad Tupac Amaru, a la que se le adjudicaron enormes extensiones de esos bosques para su transformación en terrenos agrícolas.
Las polèmicas desatadas con este motivo no son nuevas pues durante los últimos años ha ido creciendo la conciencia sobre la fragilidad del medioambiente que nos rodea. Y las corrientes que plantean la necesidad de poner límites a la labor depredadora de la naturaleza ya es muy fuerte especialmente entre la juventud y entre quienes por su formación académica cuentan con más elementos de juicio que el común de la ciudadanía.
La creciente frecuencia con que conflictos relacionados con temas ambientales ocupan el centro de la atención pública tiene causas y consecuencias muy concretas. Se destaca entre ellas el hecho de que conceptos como “cambio climático” “calentamiento global” “deforestación amazónica”, “extractivismo”, “preservación ambiental”, entre muchos otros, ya no son parte del léxico habitual de pequeños y herméticos círculos ambientalistas, sino que están en la charla cotidiana de los bolivianos.
Además de lo que a diario nos enseña la experiencia propia sobre el tema ambiental, a ese cambio de actitud ha contribuido mucho la proliferación de estudios científicos que coinciden al señalar –no se conoce ni una sola excepción— que entre la deforestación de la Amazonia, el aumento de las temperaturas y la disminución de la pluviosidad y otros fenómenos meteorológicos, como los vientos huracanados, hay una relación que no es casual sino causal. De manera unánime, todos los estudios señalan que la destrucción de los bosques tiene como más directa y principal consecuencia la disminución de los recursos hídricos y también coinciden sus previsiones al señalar que, si no se produce un giro radical en la tendencia, las adversidades ambientales aumentarán a un ritmo proporcional a la disminución de la cobertura boscosa.
Con esos antecedentes, no es sorprendente que cada día que pasa sean mayores las dificultades que deben afrontar quienes minimizan la responsabilidad humana sobre la crisis ambiental, a la hora de defender la manera como se proponen encarar el desarrollo de nuestro país.
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