Manosear la dignidad
Muchas veces he escuchado testimonios y yo misma puedo dar fe sobre lo que siente una mujer cuando la tocan sin su consentimiento.
Sea en el micro, en el trabajo, en el mercado, en el colegio o en la universidad la reacción es la misma: la sensación de que tu dignidad ha sido pisoteada, acompañada de rabia, muchas veces vergüenza y generalmente impotencia.
Aunque algunas se defenderán, a veces el estupor es tan grande que te quedas paralizada y en el mejor caso lo único posible es lanzar un insulto.
Ciertamente, el tipo de relación con el agresor condiciona la reacción. Es posible que defendernos de un desconocido sea mucho más factible que hacerlo de un jefe porque con éste existe una relación de poder.
El caso del gobernador de Chuquisaca, Esteban Urquizu, filmado tocando el trasero de una mujer que le daba la espalda, es tal vez mucho más grave porque manoseó aprovechándose de su condición de autoridad, un rol de poder, en un evento en el que le tomaban fotografías y parecía el protagonista.
Aunque fue juzgada por su reacción, ¿qué pudo hacer la mujer víctima de Urquizu, ella es tal vez su subordinada, más que darse la vuelta nerviosa, reír y seguirle el “juego”? No creo que mucho más que eso.
El manoseo, aunque se trata de una agresión sexual, es una de las expresiones del machismo que más impune queda, tal vez porque es fugaz y no da tiempo a nada. Así, a algunos les parecen “exageradas” las reacciones, pero sus consecuencias son permanentes.
La sociedad debe rechazar y denunciar a estos agresores. Es la única manera de empezar a hacer frente al control patriarcal sobre los cuerpos de las mujeres.
Jefa de Redacción de Los Tiempos
Columnas de María Julia Osorio M.
















