Carnaval transgresor
De las celebraciones homínidas, mi preferida es el carnaval por su carácter irreverente. Sin revestir la carga religiosa –hipócrita, ñoña y doble moral– de una mayoría de festividades, el carnaval implica una válvula de escape donde se arrojan los tapujos esquizoides de una sexualidad marcada por el judeo-cristianismo. Igualmente, el carnaval permite el cuestionamiento del orden social, ello incluso en el contexto del peor oscurantismo. Hasta en la Edad Media era posible esa catarsis en la que regía la libertad, el caos, un “mundo al revés” capaz de volcar, aunque sea por unos días, las jerarquías, las escalas, las odiosas categorías, prevaleciendo la burla, la sorna, la sardonia frente a los gobiernos y las elites. Algo por demás saludable en formaciones sociales en las que predomina, cotidianamente, el llunk´erío por sobrevivencia, la solemnidad verticalista y el abuso de poder.
Asimismo, los brasileros me enseñaron a apreciar en toda su dimensión la particularidad subversiva del carnaval. De Jorge Amado a Cartola, a través de la literatura y de la música, comprendí que la tristeza, la desgracia, las injusticias pueden ser bailadas y, de esa forma, dar lugar a la transgresión, a la desobediencia, a la rebeldía. La canción Vai passar de Chico Buarque, bajo la apariencia inofensiva de un samba carnavalero, fue un himno valiente contra las dictaduras militares que asolaron América Latina.
No obstante, como en el carnaval suelen descubrirse las pasiones más recónditas de los pueblos, acontece que el carnaval en Bolivia a veces se trastoca en resonancia de atributos colectivos poco gratos. Siendo que el país ostenta uno de los más altos indicadores de violencia hacia las mujeres, en relación al número de habitantes, no debería extrañarnos que, a título de una costumbre carnavalera, mozalbetes ociosos y malentretenidos dieran rienda suelta a sus instintos reprimidos agrediendo a las mujeres que transitan por las calles con globos para “hacer doler” nalgas, senos y piernas. Ni qué decir de que en Cochabamba sean los árboles y áreas verdes las que, cada año, paguen los excesos humanos. En ambos casos se vislumbra una cultura política violenta e irresponsable con lo que vaya más allá de la nariz.
Otra pauta nada agradable es el intento de los gobiernos en domar, dosificar o funcionalizar al carnaval para fines del poder. Desde la “institucionalización” de la famosa “Alba” en Oruro (cuando las bandas tocaban al mismo tiempo entre el frenesí de la fría madrugada y el alcohol) para trocarla en otra aburrida y redundante expresión “nacionalista”, hasta los conatos prohibitivos que pretenden, ilusamente, “evangelizar” al carnaval y convertirlo en ritual de abstemios golpeadores de pecho, qué manera de tratar de arruinar la única catarsis de pueblos que merecen mejor suerte.
En ese sentido, y dada la crisis política que nos azota, tal vez deberíamos aprovechar y hacer exactamente lo contrario a lo que tenga que ver con la institucionalización o funcionalización del carnaval, retornando a su esencia: Mofarse de los politiqueros y potentados de turno, reírse de los abusivos, satirizar al poder, bailar hasta el hastío, consagrar el milagro de estar viva/o a pesar de todo y de todos. Y si usted es un “pitita” y chequea a un “masista”, o viceversa, dejen de complicarse por mezquinas guerras ajenas a los ciudadanos, y tómense un buen trago, mejor si a la vera de un carnavalito: una de las ofrendas más bellas que brinda la naturaleza por estas fechas.
La autora es socióloga
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