Salir fortalecidos
Entre las situaciones catastróficas que alguna vez imaginé que podríamos experimentar como sociedades humanas, más o menos globalizadas, el exterminio masivo siquiera de media humanidad, a través de la acción de un virus descocido e incontrolable, no estaba excluida.
Un virus letal, cuya irrupción, sería un fruto de nuestro actual modo de vida post industrial, o sea, del cambio climático subsecuente a la depredación y explotación excesiva e insostenible de los recursos naturales y de la biósfera terrestre que la satisfacción de nuestros hábitos de consumo demanda.
Y todo eso, ocurriendo en contextos signados por las abismales e inéditas brechas del ingreso y la capacidad de consumo entre ricos y pobres; la explosión de la “población sobrante”, o esos miles de millones de personas que han quedado excluidas del capitalismo globalizado, sólo porque no fueron formadas con las habilidades necesarias para entablar relaciones de intercambios con éste y que, por eso mismo, no necesita; y las hegemonías culturales centradas en el consumo y el ingreso como expresiones ideales del triunfo en la vida.
Por supuesto, la realidad superó con creces a mis ingenuas ficciones pandémicas. Y ya lo han dicho muchos, el coronavirus, además de su alto riesgo de contagio y de sus secuelas perniciosas, conlleva consigo la anomia social, quiero decir: la disolución de los fundamentos morales que rigen nuestras relaciones sociales como individuos integrados a su comunidad.
Siendo las poblaciones vulnerables (ancianos, aquejados e infantes) los grupos con mayor riesgo de mortalidad frente al coronavirus, cabe preguntarse ¿qué sabríamos sobre la historia del tiempo sin Stephen Hawking?, ¿qué le depara el futuro a una sociedad que ha perdido a sus ancianos? Acaso, nuestros mayores, ¿no juegan un papel crucial transmitiendo la memoria colectiva, encarnando el ejemplo a seguir o, en suma, como argamasa básica de la cohesión familiar –o la “célula” de la sociedad, como dirían los sociólogos funcionalistas–?
Pero, y aunque estamos lejos de superar la cuarentena total e ignoremos hasta qué punto nuestro aparato económico podrá sostenerla, no todo es sombrío. De pronto, no sólo estamos descubriendo y/o redescubriendo los beneficios de la mutua cooperación, sino también innumerables virtudes de la vida diaria, cuya existencia devenía desconocida entre nosotros antes de la actual emergencia sanitaria. Por ejemplo, los deleites y bondades inherentes a una coexistencia citadina silenciosa o libre de la insania perturbadora de la contaminación acústica.
Cual utopía consumada, repentinamente, los estruendosos y abundantes bocinazos, o el potente ulular de las sirenas con sensores de movimiento de las casas y autos privados, chillando ante cualquier movimiento cercano, en los que vivíamos inmersos han sido sustituidos por el cadencioso murmullo del viento que desciende del Tunari pasado el mediodía, el canto de las aves (si bien, mermado en el otoño y el invierno), o el silencio mismo.
Y todo eso, ¿para qué sirve?, ¿su “utilidad” transciende a las satisfacciones meramente subjetivas? Una existencia silenciosa, sin duda, abre las puertas hacia el reencuentro con aquel mundo natural, cuya dominación humana dábamos por sentada; pero también a la toma de conciencia de uno de los ingredientes fundamentales del desarrollo: el respeto por el prójimo… Porque, cuando todo esto termine, ¿no pretenderéis volver al lenguaje del estruendo y del ruido?, ¿o sí?
El autor es economista, llamadecristal@hotmail.com
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