El pueblo de EEUU decidió (I)
Más allá de lo que diga o haga Donald Trump, el presidente electo de EEUU ya tiene un nombre. Se llama Joe Biden. Para que deje de ser así, debería ocurrir un milagro o una monstruosidad. Como este artículo no se ocupa de lo uno ni de lo otro me referiré a las razones que explican el triunfo de Biden, al fracaso electoral del populismo trumpista (o trumpiano, da igual) y a las alternativas nacionales e internacionales que se abren con la posibilidad de un “nuevo comienzo” estadounidense.
Pero antes que nada hay que decirlo: El triunfo de Biden es explicable solo en parte por la personalidad y el programa de su candidatura. Incluso podría afirmarse que lo más decisivo no ha sido el triunfo de Biden sino la derrota de Trump.
¿Acaso no es lo mismo? No, no es lo mismo: quienes votaron por Trump votaron a favor de Trump. Una gran parte, quizás la mayoría de los estadounidenses que votó por Biden, no lo hizo en cambio por Biden sino en contra de Trump. El triunfo de Biden puede ser visto entonces como un triunfo en negativo. Eso quiere decir que las elecciones en EEUU tuvieron también un carácter cuasi plebiscitario. Dicho en breve: los votos en contra de Trump pueden ser considerados como una rebelión electoral en su contra. Este ha sido seguramente uno de los factores más decisivos de las elecciones de noviembre.
1.En contra de la persona: hay que repetirlo. El gran enemigo de Trump, más que Biden, ha sido el propio Trump. Pues Trump compitió contra Trump y perdió. Compitió contra su prepotencia, su narcisismo, sus excesos, su lenguaje antipolítico, su desprecio por los más débiles, su fijación a la economía en desmedro de otros aspectos de la vida y tantos puntos que hacen de él un personaje fascinante para unos, despreciable para otros.
Queda demostrado una vez más el carácter antropomórfico de la política. El “factor humano”, vale decir, la persona del representante puede, bajo determinadas condiciones, ser más determinante que los intereses que dice o cree representar.
Fue la pandemia, dicen unos. Si la Covid-19 no hubiese extendido sus amenazas, Trump, con sus logros económicos –entre ellos reducción de impuestos, aumento de salarios, la proliferación de oficios pasajeros– habría podido ganar fácilmente. Pensemos por un instante que ese argumento es cierto. ¿Cómo explicar entonces que esa misma pandemia haya llevado a Merkel –y a otros gobernantes– al primer lugar en las encuestas?
Merkel ha mostrado, así como Trump, su impotencia para rebajar la tasa de contagio. ¿Dónde reside la diferencia? En un hecho muy simple. A Merkel la vemos preocupada, incluso nerviosa por la extensión y duración de la pandemia. La vemos informándose e informando. Los ciudadanos la escuchan, y de algún modo sienten que su gobierno está con ellos, que no están solos.
¿Y Trump? Todo lo contrario.
Trump comenzó negando a la pandemia. Luego la minimizó. En contra de todas las prevenciones, expuso a su gente a contagiarse en lugares cerrados. Luego, cuando no podía ocultarla, intentó presentarse como campeón en la lucha en contra de la Covid-19, prometiendo vacunas y remedios milagrosos, burlándose de los científicos que aconsejaban mayor prudencia. Alcanzado él mismo por el virus, no vaciló en utilizarlo como medio de promoción, exhibiendo su salud privilegiada, presentándose como el héroe que derrotó a la Covid-19 en su propio cuerpo.
Incluso admiradores de Trump comenzaron a comprender que estaban frente a un presidente a quien importaba un carajo la salud de sus ciudadanos, una combinación perversa entre el narcisismo más agudo y el exhibicionismo más obsceno. No fue por tanto la Covid-19, ni la mala administración de la pandemia la razón que llevó a muchos estadounidenses a dar la espalda a Trump. Fue, antes que nada, el espectáculo de la indolencia de un presidente ensimismado en sus objetivos y deseos.
2. Hemos escuchado decir que la pandemia ha mostrado a Trump como lo que es: un populista. Opinión posible de aceptar, pero con ciertas precauciones.
El populismo es una política de masas en una sociedad de masas. Y las elecciones están orientadas hacia los deseos, intereses e ideales de las grandes masas. Por eso, en tiempos electorales, casi todos los candidatos son populistas. No obstante, la política también reconoce periodos no signados por la participación de masas. Frente a grandes peligros como guerras, catástrofes naturales, epidemias, los gobernantes no suelen ni deben comportarse como populistas. Pues bien, Trump lo hizo. Trump es un populista total.
Peor aún: Trump no solo es el candidato de un partido, además es líder de un movimiento formado alrededor suyo, un movimiento que trasciende a su partido. Como sus antecesores sudamericanos, Perón o Chávez, el líder populista que es Trump intentó gobernar por sobre las leyes y las instituciones de su país. Incluso, a punto de perder, no vaciló en desprestigiar a los tribunales electorales, alegando fraudes, conspiraciones y delitos, movilizando a turbas armadas, rompiendo tabúes que ningún presidente estadounidense se había atrevido siquiera a tocar: el de la integridad de las instituciones de EEUU.
El daño que ha hecho Trump a su nación es inmenso. Ha roto el nexo que vincula a la ciudadanía con la Constitución y con ello, deteriorado la confianza en las instituciones del país.
Restaurar la confianza en las instituciones será la primera tarea que deberá emprender la administración Biden. Tarea imposible, piensa el eminente sociólogo Richard Sennett en su fulminante artículo titulado La base y publicado en El País, de Madrid. Cuando un tabú ha sido roto es imposible restaurarlo.
Por otra parte –y esto es más peligroso todavía– el trumpismo, si no como gobierno, como movimiento, vino para quedarse. Y como movimiento puede ser aún más agresivo que como gobierno, aduce el mismo Sennett. Lo cierto es que después de Trump, EEUU no solo constituirán una nación políticamente dividida – lo que es normal – sino una nación polarizada en dos bloques irreconciliables. Dos países en uno. La única posibilidad de enfrentar esa situación puede llegar a ser, tarde o temprano, la formación de un frente democrático que incluya a republicanos no dispuestos a doblegarse ante el populismo y la demagogia del trumpismo.
EE UU ha demostrado una vez más cómo ese invento occidental llamado democracia reposa sobre frágiles cimientos.
El autor es filósofo, polisfmires.blogspot.com
Columnas de FERNANDO MIRES






















