A don Antonio
Tuve la dicha de entrevistarlo este año, junto con mis colegas del Colegio Abierto de Filosofía. El escucharlo por primera vez provocó una conmoción profunda en mi ser, porque era la voz de un hombre que no sólo supo saber pensar, sino supo saber vivir de manera intensa. Ahora, después de haber vivido 80 años, ya no nos acompaña.
Antonio Eschotado nació en 1941 y escribió diversos libros, siendo los más reconocidos y difundidos Los enemigos del comercio e Historia general de las drogas. Este último lo escribió en la cárcel, a sus 43 años, después de ser condenado por tráfico de estupefacientes; hecho que fue montado. Sin embargo, el repudio del mundo hacia el profesor que ocupaba la cátedra de ética en la universidad era latente y constante.
En la entrevista que sostuvimos, manifestó que el escribir 1.500 hojas sobre este tema era la forma de reivindicarse con la sociedad. Era —continuaba— una apuesta para ser aceptado por los otros.
La reivindicación con el otro, en consecuencia, se plasma en las letras. En esa entrega apasionada por decir algo y esperar a resonar después. Las letras, esas figuras que inventamos los seres humanos para comunicarnos y, como manifiesta Sloterdijk en Normas para el parque humano, se vuelven cartas para los amigos futuros. Por tanto, cabe recordar las palabras de don Antonio como cartas llenas de máximas para los amigos futuros que deben afrontar la dura existencia.
En aquella entrevista, tan sincera, diáfana y llena de sabiduría, de ese hombre que supo pensar y vivir de manera intensa, se puede, posiblemente, sacar una máxima y hacer así honor a su memoria y es: “Hay que recordarle al ser humano que debe servir de ejemplo, porque nadie, nadie, lo va a seguir; salvo sus propios hijos. ¡Haz lo que dices! ¡Di lo que haces! No pierdas el tiempo. Empléalo en saber. ¡No en el saber libresco! ¡No! Empléalo-en-saber; en ensanchar tu corazón de manera que seas capaz de oponer a lo que va aconteciendo, no una burda creencia, no una fe; sino lo precipitado de la experiencia”.
¡Gracias, maestro, por tanto!
El autor es filósofo
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